‘El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace’ – Tres colores o el hilo se rompe

La superior es probablemente la escena definitoria de la trilogía de Batman creada por Christopher Nolan, el vórtice alrededor del cual se arremolinan todas las ideas, imágenes y tramas que vertebran la saga. Es la escena de la desnudez absoluta. La policía de Gotham celebra la captura del Joker y el rescate del fiscal Harvey Dent. Sin embargo, apenas unos minutos después, el comisario Gordon se dispone a interrogar al Joker pues Dent aún no ha llegado a su casa (pese a ir trasladado en un coche policial). El Joker se desentiende y entonces, tras él, escondido en las sombras, Batman le golpea la cabeza y comienza otro tipo de interrogatorio. Cara a cara, ambos discuten sobre lo mucho que se parecen o no realmente y, en un momento dado, el Joker detona la trama: no únicamente ha conseguido secuestrar de nuevo a Dent sino también a Rachel, prometida del fiscal y amiga de infancia de Bruce Wayne/Batman, quien está enamorado de ella. Batman enloquece y comienza a dar una paliza al Joker para que le revele el paradero de ambos y entonces el villano le suelta, entre puñetazos, gemidos y risotadas, las palabras mágicas que lo dinamitan todo:

“NO TIENES NADA CON LO QUE AMENAZARME. NADA QUE HACER CON TODA TU FUERZA.”

El héroe, el superhéroe, reducido a la nada por un malo al que nada puede arrebatársele, ni la vida, pues el daño ya está hecho y el amor, sea a una mujer o al prójimo representado por un fiscal incorruptible, rajado para siempre.

Hace un par de semanas, trabajando en la oficina por la tarde, una compañera me comentó que, durante el estreno de la última entrega de Batman, El caballero oscuro: la leyenda renace (The Dark Knight RisesChristopher Nolan, 2012), en una sala de Denver, un tipo había comenzado a disparar al público que contemplaba la película. Me invadió una incredulidad absoluta, no podía ser verdad, pero luego empecé a recordar una música o ni eso, ni siquiera una música, un sonido, un zumbido, el que abre la banda sonora de El caballero oscuro (The Dark KnightChristopher Nolan, 2008) y que acompaña al Joker en sus apariciones. Es un zumbido perfectamente audible, molesto, pero que con el transcurrir de los segundos se convierte en tolerable hasta que uno termina acostumbrándose, pero es imposible dejar de oírlo. Es el sonido de los horrores que están por llegar, el sonido de la caída instantes antes de que se produzca, el sonido de la muerte y la tierra quemada, el sonido de James Holmes y cada uno de sus inmisericordes disparos. Un hombre matando acompañado por un zumbido, un susurro que, como el cáncer, lo carcome por dentro hasta que todo arde pero…

Lo que tanto me sobrecoge de la segunda mitad de El caballero oscuro y de su continuación es la sensación que imprime Nolan en todas sus imágenes que éstas podrían ser las últimas, que la civilización moderna, representada por una Gotham City inubicable, se ha puesto al borde del abismo (moral, económico, social, mental) y que únicamente hace falta un pequeño empujón para que caiga irremediablemente. Es decir, la trilogía de Batman me parece extremadamente valiosa porque pone en ficción la palabra que define la enfermedad más común de Occidente en la actualidad por un lado y, por el otro, da espesor contemporáneo a una sensación que Hitchcock convirtió en capital para el devenir de la Historia del cine: el vértigo.

Como Scottie al final de la obra maestra dirigida por Sir Alfred, el Joker también quedaba suspendido, literalmente, en el desenlace de El caballero oscuro. Recuerdo la última imagen queNolan nos ofrecía del villano, en la que Batman lo abandonaba a la ley mientras la policía lo capturaba estando el Joker colgado por un pie en lo alto de un rascacielos, lanzando su último desafío sobre un vacío del que dependía tanto su propia existencia como la de Gotham. Una vez vistas las tres partes de la saga, asocio cada una de ellas a un color. La primera entrega, Batman Begins (íd.Christopher Nolan, 2005) al dorado, la segunda parte al azul y la que nos ocupa al ocre. El azul de El caballero oscuro era del tipo que domina el cielo en dos momentos del día: cuando está a punto de anochecer y justo antes de que salga el sol. Son momentos de tránsito, de indefinición, en la que todo podría trastocarse y el color podría permitir que el tiempo se invirtiera y la noche cayera para siempre o el día comenzara para nunca terminar. La segunda entrega de la trilogía se caracteriza por su carácter convulso y espasmódico, que alterna lo traumático con lo curativo, los envites frenéticos del Joker con la seguridad que Batman proporciona a la ciudad, un pulso no tanto entre la bondad y la maldad como entre la quietud y el caos, entre el fuego y la roca. Gotham es una ciudad amenazada por un dragón al que un impertérrito San Jorge protege hasta la extenuación, hasta que se cansa de todo y de todos y huye del combate, dejando a su ciudad pendiendo de un hilo y reconstruyéndose sobre una mentira: los dragones han muerto.

Entonces llega el turno del ocre, del abrasivo día y la tierra quemada, y la oscuridad brilla en esteThe Dark Knight Rises por su ausencia, como si Nolan no quisiera esconder los tejidos de su conclusión tras las sombras sino exponerlos al sol hasta que éstos queden resecos y la arena y la nieve se entremezclen para anunciar que, esta vez sí, el invierno ha llegado al desierto. El Joker causaba espanto porque nadie sabía de dónde había salido y nadie lo sabría nunca, era como la primera rata muerta de La peste (1947) de Albert Camus, un terrorífico y muy gráfico síntoma de la epidemia que llevaba carcomiendo las catacumbas de Orán desde hacía siglos, un aviso para que sus habitantes se prepararan para el tiempo de la muerte. Nolan, como ya demostró en Origen (Inception,Christopher Nolan, 2010) no es un maestro del espacio material tanto como del espacio alegórico que, si bien en su anterior film se desplegaba en el interior de la mente y por eso gozaba de un carácter laberíntico, posee aquí una estructura fabular propia de un relato de superhéroes, por lo que su verticalidad es la clave, lo que nos devuelve al citado vértigo. El villano del film es Bane, una especie de terrorista que, revestido de una aureola de revolucionario popular, pretende devolver el control de Gotham a sus habitantes bajo un régimen anárquico en el sentido más radical del término: que cada uno haga lo que le dé la gana. Lo que pretende Bane es inocular al ADN de la ciudad los postulados que el Joker empleaba contra ella, no destruir las reglas del juego sino darles la vuelta. Batman, justiciero en la sombra y representante de una libertad casi deudora del ‘ni chicha ni limoná’ propio de Stuart Mill, auténtica lavandera de los trapos sucios que la ley no es capaz de limpiar, tratará de pararle los pies antes de que sea demasiado tarde para…

a)      Que los habitantes de Gotham se salven de la destrucción de su ciudad, de nuevo más simbólica que literal.

b)      Evitar que lleven a cabo la liberación del yugo de la cordura al que, según Bane, el sistema los somete.

Para mí, esta saga es más el relato de una encrucijada en la que se encuentra Occidente que una férrea defensa de una u otra postura, pero he considerado oportuno reconocer que ambas están presentes en las películas de Nolan. Hablábamos de la verticalidad espacial de El caballero oscuro: la leyenda renace, clave en la cinta gracias a la incorporación de uno de los lugares más sugerentes que nos ha deparado el cine reciente, la cárcel/pozo en la que Bane confina a Bruce Wayne tras machacarlo a puñetazos en las alcantarillas de Gotham. Como si se tratara de uno de los titanes griegos encadenados por los dioses del Olimpo, Wayne, física y mentalmente derrotado, termina encerrado en una gigantesca cárcel que no es otra cosa que un enorme pozo. Lo peor de dicho lugar, le cuentan, es la esperanza, pues los hombres suspiran durante el resto de sus vidas por escalar sus rocosas paredes y escapar, pero nadie lo ha logrado hasta el momento. A la verticalidad espacial (el pozo en sí) y alegórica (el encierro del héroe bajo tierra en un sitio remoto) hay que sumarle la verticalidad temporal, pues entre los convictos se cuenta la leyenda que un hombre consiguió huir muchos años atrás, lo que introduce en el relato un componente mítico, un sustrato legendario que proporciona una gran densidad dramática, una cierta épica, al encierro que sufre Wayne. Se dice que quien escapó de allí fue el propio Bane, nacido en la misma cárcel por culpa del caudillo de la región, quien confinó a su hija al pozo tras saber que ella había quedado embarazada de un guerrero extranjero. Esta es una muestra de la tremenda y creciente capacidad de densificación narrativa que logra la película, que en un momento combina lo dramático de la trama principal protagonizada por Wayne, algo que se aumenta por las características de la cárcel donde está encerrado, con el sustrato mítico que proporciona el saber que alguien ya llevó a cabo la hazaña que él debe realizar si quiere renacer como héroe, con lo contradictorio del hecho que ese alguien es el propio villano, poniendo en paralelo las trayectorias de ambos, todo ello contado a modo de leyenda oral que ha pervivido en la prisión durante años, aderezado con el carácter griego de la situación en sí. Hablo de renacer como hombre y no como héroe (intención primera al escribir estas palabras) porque lo particular de esta saga es, justamente, el hecho que el destino del viaje del protagonista no es su corroboración como superhéroe aclamado sino su reinserción al mundo real como persona. En un segundo visionado de la cinta me sorprendió bastante una escena que guarda un parecido asombroso con el argumento de uno de los films más importantes del año, Cosmopolis (íd.David Cronenberg, 2012): en un momento dado, Bruce Wayne se da cuenta que, a causa de un complot urdido contra su imperio empresarial, se ha quedado sin nada, literalmente arruinado, de la noche a la mañana, justamente como el multimillonario interpretado por Robert Pattinson en la cinta de Cronenberg. Lejos de suponer para Wayne un trauma insuperable, es casi una liberación, un empezar de cero ante el que se abren dos caminos: dejarlo todo y abandonar Gotham a su suerte o enfundarse de nuevo el traje de Batman para erradicar el mal, representado por Bane, de la ciudad. Fiel a su pulsión tan desprendida como paralegal/violenta, el protagonista vuelve a ser el superhéroe que, según él, su ciudad necesita y va al encuentro directo con Bane, seguro de poder derrotarlo. Pero su enemigo, forjado en los altos hornos de la miseria, quiebra al murciélago en una humillación física pero sobretodo espiritual (desenmascarándolo al llamarle “Sr. Wayne”) y lo echa al abismo para que se consuma mientras presencia la caída de Gotham. Entonces el superhéroe descubre que necesita recuperar un sentimiento puramente humano para poder escapar de su encierro: el miedo, el miedo a la muerte, el miedo al fracaso, el miedo a la pérdida de lo querido… Debe volver a ser un hombre para poder volver a su ciudad y derrotar, esta vez a plena luz, ante la vista de todos, al falso profeta. ¿Y luego? Luego desaparecer, conformarse con ser un símbolo sin reconocimiento y vivir como uno más, un turista de esta vida que ya no podrá entregar a los demás hazañas esperanzadoras sino únicamente una humilde inclinación de cabeza, un humilde saludo que esconda el secreto de la felicidad.

Retomando los niveles de interpretación que proporciona el espacio del pozo, como si del infierno de Dante se tratara, es posible que sea esta sensación acumulativa, de gran estructura que avanza imparable a su descarnado colapso, lo que otorga a la cinta un tono muy desangelado, una calma terminal, como la pelea final, a puñetazos y a pleno día, con la nieve cayendo lentamente, jadeando ya la saga después de un esfuerzo narrativo y orgánico de esta envergadura, como si Nolan se hubiera agotado con la locura imparable que el Joker infundía en El caballero oscuro y hubiera plegado su conclusión a la envergadura decadente de Bane, un gigante con pies de barro, un enfermo crónico que precisa de una terrorífica máscara que da cuenta de su enajenación física y mental, siendo The Dark Knight Rises una variación, en el sentido musical del término, de la segunda parte de la trilogía, sustituyendo las convulsiones rítmicas de aquélla por un sostenido continuo que confiere el metraje un tono de asfixiante tensión crónica. La vitalidad psicopática del Joker queda aquí sustituida por un aliento metálico ahogado que refleja el estado de toda una ciudad, Gotham, enferma en lo más profundo de su alma a pesar de su apariencia de poderosa metrópolis. El villano interpretado por Heath Ledger daba cuenta de que llegar a la cúspide demasiado rápido era la vía más rápida para pegarse un batacazo a 200 por hora, pero Bane aparece cuando han pasado 8 años de todo aquello, cuando el Joker debe ser un cuento con el que los padres asustan a sus hijos, cuando Bruce Wayne ya no quiere saber nada de Batman y vive como una especie de Howard Hughes en su declive ermitaño, encerrado en su mansión, encorvado y débil contando apenas cuarenta años. Pero Bane, desde las alcantarillas de Gotham, espera agazapado su momento, es el cáncer que siempre ha estado ahí, el río tras la presa, paciente y cansado hasta que rompe las cadenas dispuesto a acabar con sus captores de una vez por todas, es el Apocalipsis preparado para infectarnos a todos mientras él se erige en líder gracias a su máscara antigás, con la que sobrevivir en el campo de exterminio. El caballero oscuro: la leyenda renace es un film de color ocre como las paredes de los hospitales porque es una obra sobre la enfermedad, sobre las enfermedades, y por eso también el Joker amenazaba con cargarse un hospital en la segunda parte de la saga. La enfermedad del héroe, adicto, como bien le espeta el mayordomo Alfred, a su condición hasta el punto de olvidarse que una vez también fue un hombre; la enfermedad del villano, que escupe las palabras como si estuvieran hechas de sangre, estertores de rencor acumulado desde la noche de los tiempos por las heridas que los poderosos le causaron. El Joker parecía salir de la nada, como esos incendios que comienzan con una colilla y lo arrasan todo, pero Bane transmite un sentimiento de pavor porque siempre estuvo ahí, como el elefante en el garaje, como el tiburón en la playa, como Cerbero encadenado, siglos de espera en un pozo sin fondo del que nadie salvo él pudo salir para exterminarnos, un animal atávico al que alguien soltó sin medir las consecuencias.

Y el animal, liberado y suelto mientras la ciudad celebra que por fin todo está, como dijo Franco, atado y bien atado, decide cortar el hilo de una vez por todas, terminar a lo grande lo que el Joker había comenzado, transformar el síntoma en epidemia. Tras haber ingeniado un plan para encerrar a toda la policía de Gotham en las alcantarillas de la ciudad, Bane se pasea por las entrañas de un estadio repleto de gente que ha ido a disfrutar del fútbol americano; cuando el árbitro señala el inicio del partido, el villano detona una bomba colocada bajo el terreno de juego y la gente asiste a un dantesco espectáculo: ante ellos se abren el vacío y la muerte. Bienvenidos a la peste. Como en Camus, lo único que se puede hacer tras su aparición es esperar que sea leve, o únicamente esperar, esperar y esperar.

Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.

La peste. Albert Camus

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1 Response to “‘El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace’ – Tres colores o el hilo se rompe”


  1. 1 mccarren 12/07/2014 en 23:05

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