Vicky Cristina Prostituta – ‘Vicky Cristina Barcelona’

Vicky Cristina Barcelona (Woody Allen, 2008)

Es de recibo empezar esta crítica remarcando que no soy demasiado conocedor de la obra de Woody Allen, así que me es difícil relacionar esta Vicky Cristina Barcelona con la filmografía de su autor. No obstante, he visto sus tres últimos trabajos, los referentes a la trilogía rodada en Londres, de los que especialmente valoro la trágica y perturbadora Match Point (2005). De ella me gusta que consigue dar la visión que Allen tiene de Londres, en ese caso de su clase alta y su conducta hipercodificada en pro del protocolo y las apariencias, no a través de recurrentes imágenes de lugares comunes de la capital británica (el Big Ben se ve en dos o tres planos y muy de lejos), sino a través de un cielo permanentemente gris, unas localizaciones high class y una puesta en escena elegante y clásica, que no anticuada. Allen consigue respetar Londres a la vez que la hace suya. Por eso lo que más molesta de Vicky Cristina Barcelona es que el director neoyorquino utiliza, en el peor sentido del término, la capital catalana y no le da mayor entidad que la de escenario turístico sexual para burgueses bohemios. Sin los planos de la Sagrada Família y demás, la película podría llamarse Vicky Cristina Roma y sería exactamente la misma. Parece que Woody Allen haya optado por retratar la Barcelona del turismo de borrachera en clave chic; y es que no es cuestión de presentar la urbe tal y como es, sino de ofrecer la visión personal que alguien como Allen puede tener de una ciudad con tantas posibilidades como Barcelona. Porque el gran defecto de Vicky Cristina Barcelona es precisamente que da la sensación de que Allen no tiene una visión sobre la ciudad, sino que es un lugar que le es indiferente (empezando por una fotografía anodina e inexistente), y que lo prostituye empleándolo como escenario (teatral) para desarrollar su función. Lo curioso es que esa lacra es a la vez el elemento más interesante del film.

Vicky (una emotiva, convencida y convincente Rebecca Hall) y Cristina (una, como siempre, insulsa y voluptuosa Scarlett Johansson) son dos amigas americanas que llegan a Barcelona para pasar el verano. La película está planteada como una ficción dentro de la ficción, donde la capital catalana es un escenario teatral en el que unos actores (los personajes) vienen de fuera, interpretan un papel, y se van del escenario siendo los mismos que antes de empezar la función. Vicky llega convencida de que es una persona con las ideas claras, con un novio con el que se casará cuando vuelva a EEUU y con una concepción del amor como compromiso. Sin embargo, la aparición de un enigmático y atractivo pintor, Juan Antonio (un despreocupado, seductor y caricaturesco latin lover Javier Bardem), descolocará el mundo de Vicky quien, a causa de la influencia de elementos propios de la ficción (la cultura española en este caso, presentada de forma basta y gratuïta pero efectiva), acabará representando un papel, el de la insegura mujer dividida entre dos tipos de vida (matrimonio vs. pasión), que abandonará a su marcha de Barcelona. También Juan Antonio, un seductor bohemio que en realidad es un calzonazos, representa un papel, el del diablo, el del demonio que aparecerá en las vidas de las dos muchachas para desmantelar sus planes y transformar un apacible verano en la ficción dentro de la ficción antes mencionada. Así, el personaje de Bardem se transforma en el verdadero villano (poco de comedia, ni siquiera de comedia ligera, hay en esta película) de Vicky Cristina Barcelona, el que pone en peligro a las dos caperucitas rojas que llegan como despreocupadas turistas. Su aparición es clara en este sentido: a lo lejos, en una galería de arte, vestido con una provocativa camisa roja (rojo también es su coche), solitario, tentador.

También es interesante en este punto analizar las figuras de tres personajes secundarios: el novio americano de Vicky, Doug (Chris Messina), y el matrimonio que acoge a las dos chicas en su casa. Sobre Doug, en un momento del film decide ir a Barcelona para casarse con Vicky en una ceremonia íntima, no sin antes remarcarle que a su vuelta a Nueva York se casaran de nuevo, pero esta vez por todo lo alto; es decir, el matrimonio de mentira (Barcelona) que deberá reproducirse en la realidad (Nueva York). De nuevo Barcelona como escenario de una ficción. Sobre el matrimonio que acoge a las turistas (americanos residentes en la ciudad condal), son una pareja que en realidad no se quieren pero que jamás se van a separar; es decir, viven su ficción conyugal dentro del escenario teatral en el que Allen transforma Barcelona y la seguirán viviendo mientras no se mueva de allí. Por último, el personaje de la histérica y “torbellina” ex-mujer de Juan Antonio, María Elena (una explosiva, temperamental y divertida Penélope Cruz, aunque tampoco sea de antología), se erige en el espectador espontáneo que, por disconformidad con una función que se está volviendo convencional, decide reventar la ficción, trastocando el mundo de Juan Antonio (que intentara reconducir esa ficción intentado constantemente que ella hable inglés), y transformarla en una imprevisible obra que puede transitar por mil caminos y que sólo terminará cuando alguno (o algunos) de los actores se harte de tanto esperpento y decida que es el momento de echar el telón. A raíz de María Elena, y aunque no venga demasiado al caso, no quiero dejar pasar la oportunidad de mencionar la mejor escena de la película: el beso entre Cristina y María Elena en el laboratorio fotográfico; en esa escena se resume a la perfección Vicky Cristina Barcelona: ninguna de las dos es necesariamente bisexual pero, en su condición de elemento distorsionador de la función, María Elena actúa como villano en relación a Cristina (de la misma forma que Juan Antonio lo hac con Vicky) y, en el infierno ficcionado (ese laboratorio de revelado en el que el fuego es la luz roja), la incita a “corromperse” y a interpretar y posteriormente asumir el papel de ultra-libertina sexual, cosa que ni la propia María Elena es, como se acaba demostrando finalmente.

Y si bien las líneas arriba escritas son el gran acierto de Vicky Cristina Barcelona (aunque, recordémoslo, causado por un gran error: la prostitución e indiferencia de Barcelona por parte de Allen; ¿por qué no ambientó esta historia en una ciudad irreal?), también tienen su parte de trampa, personificadas en Cristina: en la realidad ella es una persona abierta a todo, en especial en lo sexual, y la incoherencia con respecto al resto de la cinta se presenta cuando, una vez en Barcelona, Cristina, a diferencia del resto de personajes, no representa ningún papel, sino que sigue siendo exactamente la misma persona hasta que al final el propio Woody Allen decide también prostituirla y utilizarla para poder así terminar la película con un forzadísimo giro de guión. Así, la falsedad y la impostura de parte del conjunto se revelan y lo invalidan. Con todo, Vicky Cristina Barcelona no es para nada una mala película, ni tampoco es para nada una excelente película. Ya que, pese a no ser todo lo divertida que podía preverse, ni tampoco todo lo seria que podría haber sido (otro gran problema del film: Allen parece no saber demasiado bien el tono que quiere adoptar), tiene elementos sobre la ficción dentro de la ficción que se definen con una palabra: interesantes. Así, la película sobre Barcelona de Woody Allen es tan interesante (aunque algo incoherente y tramposa) en su estructura como repugnante en su tratamiento de la capital catalana.

1 Response to “Vicky Cristina Prostituta – ‘Vicky Cristina Barcelona’”


  1. 1 top 10 antivirus 07/05/2013 a las 16:45

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