2008’s Top 10: Familia(s) – ‘La noche es nuestra’

La noche es nuestra (James Gray, 2007)

Una de las más importantes constantes del cine policíaco (de gángsters, de mafias, etc.) americano es el peso de la familia, la importancia que ésta tiene por encima del individuo. El mejor y por todos más conocido ejemplo de esta característica es la trilogía iniciada con El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972), donde Michael Corleone (Al Pacino) se veía arrastrado a tomar las riendas de una de las familias mafiosas más importantes de Nueva York cuando se había jurado a sí mismo que él no era como su padre o sus hermanos. La familia, entendida como núcleo humano de la sociedad y como asociación criminal, antes que nada. La frontera entre la familia real y la criminal se diluía finalmente para Michael Corleone, y en eso estaba su verdadera tragedia: ya no sólo se trataba de proteger a los de su sangre, sino también a un enorme mastodonte económico. Martin Scorsese individualizó a la mafia gracias al espíritu profundamente americano (los Corleone son de origen siciliano)  inoculado en éstas en films como Uno de los nuestros (1991) o la reciente Infiltrados (2006). James Gray se une con La noche es nuestra a esa tradición tan propia del cine americano en la que un individuo se enfrenta a la decisión de sacrificarse en pro de la causa familiar, sea esta de naturaleza benigna o maligna. La película ofrece una revisión de la pugna de Michael Corleone, pues en este caso el individuo se sitúa inicialmente en el bando delictivo, aunque de forma indirecta, y es su familia de policías (su padre y su hermano) los que le reclaman su colaboración para desmantelar una red de narcotráfico. Gray adopta una postura más cercana a Coppola que a Scorsese; es decir, el tono es más épico y contenido que callejero y directo, una cierta grandilocuencia de época en la puesta en escena (pausada, reflexiva, sinuosa, temporalmente dilatada…) que desprende la trascendencia propia de la gran tragedia humana resultante del enfrentamiento invisible entre dos familias que son a la vez dos modelos, más que de vida, de moral.

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La sangre llama a la sangre

El dicho superior es quizá un buen resumen de La noche es nuestra, pues las dos interpretaciones de la frase le vienen como anillo al dedo a la película. Bobby Green (un magnífico Joaquin Phoenix que, a medida que avanza el relato, cada vez parece más un espejo a punto romperse) es hijo del jefe de policía Albert Grusinsky (un firme Robert Duvall) y hermano del capitán de policía Joe Grusinsky (Mark Whalberg), pero su decisión es la de romper con la tradición familiar y se dedica a regentar un famoso club neoyorkino propiedad de un importante mafioso ruso traficante de drogas (Buzhayev). Bobby vive al margen del delito y no se mete en problemas, y no tiene conocimiento real de que su jefe sea un criminal, pese a saber que la droga corre por el lugar. Evita utilizar su apellido real para que no le relacionen con la policía, algo que también beneficia a su familia. Pero todo da un giro cuando, tras detener al sobrino de Buzhayev, Joe es tiroteado y casi muere. En ese momento, Bobby debe tomar una decisión: ayudar a su familia, con todo el peligro que eso conlleva, o seguir con su estilo de vida, hedonista y despreocupado, que en absoluto le disgusta. “La sangre llama a la sangre”: el ataque a Joe, el derramamiento de sangre, hace que Bobby se decida por sacrificarse en favor de los de su sangre. Y ahí es donde La noche es nuestra muestra todo su potencial y su propia tragedia, bastante alejada de la de Michael Corleone: Bobby también se sacrifica por los suyos, y su causa, si bien no es atractiva, sí es noble; pero esa causa, lejos de reportarle algún beneficio, se convierte en una maldición que no le llevará a la felicidad, que no hará que todo acabe bien, que derramará más sangre durante su transcurso. Y así, Bobby Green se unirá a una cierta tendencia que viene caracterizando a algunos de los personajes de las películas de este 2008: la de los ‘sacrificados’, aquellos personajes que son capaces de aniquilar sus identidades y renunciar a sí mismos para renacer como valedores de una moral basada en la preservación de una civilización, la occidental, claramente en crisis y al borde del colapso. Junto a Bobby Green encontramos a los últimos Batman y James Bond o a la Christine Collins de El intercambio (Clint Eastwood, 2008), que comentaré próximamente. Volviendo a La noche es nuestra, esta concepción de Bobby como ‘sacrificado’ se ve reforzada por el hecho que, finalmente, por la causa de la familia, él reemplaza a su propio hermano como valedor legal de esa moral sabiendo que no por ello será más feliz.

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Las dos caras de la familia

La noche es nuestra también es interesante por cómo realiza un análisis de la família como microcosmos social e impulsor de una determinada moral y los medios para defender esa conducta. Las dos familias que encontramos en el film de James Gray son la de los Grusinsky (los policías) y la de los Buzhayev (los mafiosos). Los Grusinsky tienen una larga tradición como agentes de la ley, y sus celebraciones son sanas fiestas en la parroquia del barrio o comidas familiares; Albert Grusinsky, el patriarca (Duvall), ha inculcado a los suyos la disciplina como un pilar básico en la vida de todo buen hombre, y el sacrificio, el trabajo duro o la aceptación de la posibilidad de que no todo salga según lo previsto son factores con los que su familia debe convivir día a día. Es un hombre firme, que quiere y protege a los suyos tanto como les exige (más aún cuando necesita a Bobby), que es capaz de darlo todo por su familia; esto es, en el fondo, por su moral. En el otro lado encontramos a los Buzhayev, que aparecen mucho menos como conjunto pero que sin duda que entrocan directamente con el concepto de familia mafiosa siciliana (cinematográficamente, con los Corleone) en la que, recordemos, la frontera entre la familia real y la criminal se confundía (en La noche es nuestra, el sobrino de Buzhayev es quien provoca la investigación por parte de la policía). Así, en el fondo los Grusinsky y los Buzhayev defienden dos morales opuestas pero basadas en lo mismo: la familia como necesidad y prioridad absoluta. En el primer caso esa familia es la base de la sociedad y también aquello necesario para preservar el orden establecido y, por decirlo de algún modo, correcto (son policías); además, en tanto que base social, también debe ser preservada (de ahí el papel de Bobby, que sólo cambia su parecer cuando atacan a su familia). Por contra, los Buzhayev poseen un proceder mucho más endogámico o, para simplificarlo, egoísta: la propia familia, la sangre, es lo más importante, y si ésta está bien no hay nada más de lo que preocuparse. La moral recta y la moral relajada, y sin embargo ambas basadas en la defensa a toda costa de la familia, quizá lo único que a absolutamente todos los seres humanos nos horroriza perder.

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