Tiempo(s) de muerte – ‘El curioso caso de Benjamin Button’

El curioso caso de Benjamin Button (David Fincher, 2008)

En un hospital de Nueva Orleans una anciana está viviendo sus últimas horas acompañada de su hija. El huracán Katrina se aproxima, pero nosotros no salimos jamás de esa habitación. Se palpa la muerte en lo que se ve, pero también en el fuera de campo. La mujer, Daisy (Cate Blanchett), cuenta la historia de un relojero ciego al que encargaron construir un reloj para la nueva estación de tren de Nueva Orleans; al morir su hijo en la guerra, decidió que las agujas del reloj irían hacia atrás, y así su hijo volvería con él. Quería controlar el tiempo, evitar a la muerte. Lógicamente, eso no pasó, y el relojero desapareció un buen día. Ante la imposibilidad de detener lo que se avecina, Daisy necesita fuerzas para afrontar el paso al más allá, y por eso le pide a su hija Caroline (Julia Ormond) que coja un libro que hay en su maleta y empiece a leérselo. Ese libro es un diario, la voz de un muerto, Benjamin Button (Brad Pitt), un muerto que tuvo la prórroga de toda una vida para dar cuenta al mundo de lo perverso del tiempo. El curioso caso de Benjamin Button (a partir de ahora El curioso caso), de hecho, habla del paso del tiempo y de su consecuencia última, la muerte, pero como hizo Ingmar Bergman en El séptimo sello (1957), su genialidad reside en la perspectiva, en contemplar el fenómeno desde fuera pero sin que eso derive en la arrogante elevación sobre éste. Y si al cruzado Antonius Block la propia Muerte le concedía más tiempo para que el caballero pudiera averiguar qué hay después, a Benjamin Button se le concede una vida entera para que podamos ver qué queda cuando alguien traspasa. Y, como en la película de Bergman, lo que queda son las huellas de las almas que se han ido y una profunda sensación de vacío y pérdida, de silencio. Es decir, no hay tanta diferencia entre este mundo y el otro. David Fincher, por fin, ha hecho lo que aún le faltaba por hacer, pese a que ya lo apuntó en Zodiac (2007): ha dicho de qué habla su cine, y la respuesta es la muerte y su relación con el paso del tiempo. En su penúltimo film, la muerte, personificada en el asesino en serie Zodiac, se instalaba en San Francisco y lo determinaba todo, llegando a pervivir como ideal a lo largo de los años, provocando que diversas vidas dependieran de esa quimera. En El club de la lucha (1999) se hablaba en el fondo del asesinato de una civilización, de cómo el tiempo (la rutina) había ido erosionando las mentes de sus integrantes. Y Seven (1995) era un análisis moral de carácter bíblico determinado por el tiempo, una semana, la Creación. Es pues la depuración estilística e ideológica, en resumen, lo que hace de El curioso caso la mejor obra de Fincher hasta la fecha.

benjamin-button-1

La universalización del espejo

Es fácil sin duda ver en Benjamin Button a un personaje entrañable, que se hace querer y con el que es natural identificarse. Pero, si lo pensamos detenidamente, el hombre que nace viejo y muere bebé no dista tanto de los personajes espejo que abundan en la trayectoria de Fincher y con los que empatizar no solamente es difícil sino que incluso es una cuestión ética; a saber, el ángel exterminador John Doe de Seven (Kevin Spacey), el autodestructivo Tyler Durden de El club de la lucha (Brad Pitt), o el volátil Zodiac del film homónimo. Todos ellos son reflejos del ser humano convencional, reflejos oscuros que ponen en evidencia las carencias de sus civilizados dobles: Doe y el inspector Mills, Durden y el narrador, o Graysmith, Toschi, Avery y Zodiac. Al fin y al cabo, Benjamin Button también es el espejo de algo que, y esto ya se apuntaba en Zodiac, se está convirtiendo en constante de Fincher: sus películas se universalizan, amplian miras, y buscan ir más allá del desarrollo argumental (Seven, aún con su genialidad, necesitaba del giro final para tener razón de ser). Y la universalización, en El curioso caso, significa que el reflejo oscuro (Button) ya no lo es de un solo personaje, sino de la humanidad entera, como Zodiac no era sino el reverso tenebroso de toda una ciudad, San Francisco. Benjamin Button es, pues, un hombre que hace que los que lo rodean (y eso nos incluye a los espectadores) vean en él a la misma muerte inevitable, al mismísimo paso del tiempo en dirección contraria que, justamente por eso, se hace perceptible (¿cómo pasar por alto, cómo no estremecerse, al ver a un adolescente que contempla como el amor de su vida está empezando a marchitarse mientras él está en el cénit de su belleza?), mostrándoles de forma tan directa e incluso macabra como involuntaria, que mientras que ellos van cuesta abajo, él va cuesta arriba. Y así, imágenes tan extrañas y a la vez trascendentales y eternas como la relectura por parte de Fincher de La Piedad de Miguel Ángel se hacen necesarias, verdaderas. Pero hay que recordar que Fincher practica aquí la universalización (hecho que conlleva su evolución como autor), por lo que no deja de ser importante recalcar que Benjamin Button es un espejo y que, como tal, guarda ciertas similitudes con aquellos a los que refleja: su tiempo está invertido pero, al fin y al cabo, también él está sometido a sus reglas; es decir, el bebé que tiene un cuerpo de 80 años no deja de ser un bebé, y el anciano que tiene cuerpo de bebé no deja de ser un anciano. Y, claro, uno puede estar en contra de la mayoría en muchos aspectos y, aún así, convivir con ella, pero cuando se es tan diferente, cuando el tiempo (quizá la única constante de este universo que nos rige a todos por igual) de un individuo se opone al de la mayoría, el abismo es insalvable. Y por eso, como John Doe, como Tyler Durden, como Zodiac, pero con la diferencia que él es ontológicamente opuesto a ellos, Benjamin Button está condenado a la más cruel y, paradójicamente, a la más lógica de las soledades.

benjamin-button-3

Estilos, miradas temporales

Ya en la primera escena de El curioso caso, el tiempo (y su relación con la muerte para ser más concretos) se muestra como lo que será a lo largo de todo el metraje: el núcleo de la película y la raíz de todo el discurso realizado por Fincher, centrado en una concepción determinista del paso de éste y de cómo marca no sólo el desarrollo de los acontecimientos y la orquestación de la puesta en escena, sino que es su mismo origen. En efecto, el tiempo en sí (es decir, pasado, presente y futuro) se mezcla con la idea de la muerte desde la primera escena: el pasado, el diario (que no es otra cosa que fragmentos temporales de una vida) del ya fallecido Benjamin Button, sirve para aliviar el presente (la muerte) de Daisy, mientras que el futuro, el letal Katrina, se acerca a la ciudad, hecho que subyace durante todo el film a través de la lluvia que cae en el exterior de la habitación y los breves planos de los informativos televisivos en los que se habla del huracán. La muerte, entonces, se revela como el verdadero conector temporal, el macabro motor de la película, y la puesta en escena de los tres tiempos que maneja el film refleja la intención de Fincher de mostrar el melancólico (trágico) vacío que caracteriza al ser humano, reforzado por la misma condición de Benjamin Button, tratada en el apartado anterior. El presente en la habitación del hospital se caracteriza por un entorno frío y una cámara estática que, y otra paradoja, constata lo implacable y agónico a la vez que lo trágico de la muerte, mientras que la vida de Benjamin está toda ella contada mediante extensos flashbacks (de nuevo el tiempo, esta vez manipulado por el cine, en una pirueta que se lleva a sus últimas consecuencias con los fragmentos de cine primitivo centrados en el anciano al que ni 7 rayos mataron) en los que, gracias a un cuidadísimo diseño de producción en el que Fincher vuelve a hacer gala de su célebre perfeccionismo, predomina una elegante, reposada y cálida puesta en escena basada en el retrato de un pasado consciente de sí mismo, en una explicitación de que lo que estamos viendo pertenece a otro tiempo, un tiempo que ya ha muerto y que sólo puede ser representado. Y así, la unión entre Benjamin Button y el mundo en el que vive es profundamente turbadora aunque a priori parezca lo contrario, pues es en esencia una especie de “universo de muertos vivientes” que, y esto es importantísimo, nace cuando nace Benjamin y muere cuando muere Benjamin, entrelazando de forma indisoluble aquello que los caracteriza: su belleza, casi humanista, crepuscular, que está destinada a desaparecer y que Fincher intentará congelar, preservar, como si cada una de las perfectas imágenes de ese pasado fuera la última, como si el propio director fuera el relojero que, en utópica pretensión, quiso inútilmente detener el tiempo, detener a la muerte. Y de ahí la última imagen, ese reloj cuyas agujas giran en sentido inverso, como el propio Benjamin Button, como la propia película, que parecen querer resistirse al paso del tiempo pero que, finalmente, deben ceder a la desgarradora eternidad, al natural ciclo no tanto de la vida como de la muerte, que sustituye a los que se van por los que vendrán, que entierra en un almacén un reloj que tenía que hacer las veces de Dios mientras las aguas del Katrina, de resonancias bíblicas, empiezan a penetrar en el encuadre. Empieza un nuevo tiempo.

benjamin-button-2

1 Response to “Tiempo(s) de muerte – ‘El curioso caso de Benjamin Button’”


  1. 1 Anónimo 07/01/2013 a las 00:05

    Grandisimo post


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s





A %d blogueros les gusta esto: