Sombras en la sala: Génesis

Iniciamos una nueva sección en Film Chronicles: Sombras en la sala. El propósito de este apartado es, por una parte, el de ampliar la diversidad de contenidos de este blog, dando cabida a la inclusión directa de la materia prima de la que está hecho cualquier texto de la página: el cine. El alma de esta sección serán siempre dos escenas (quizá ocasionalmente más) que, puestas en paralelo, comparadas, relacionan (o distancian) por sí mismas imágenes, ritmos, conceptos, estéticas, éticas, espacios, tiempos, historias, Historias, etc. que nos permiten profundizar tanto en ellas como en las películas que las contienen y, evidentemente, en sus creadores, quienes, lo quieran o no, poseen un pasado, otros creadores que han venido antes que ellos, otras obras que han venido antes que las suyas y que, consciente o inconscientemente, trazan puentes con las actuales. Y no sólo el cine tendrá cabida en Sombras en la sala, sino todo tipo de expresión cultural que conecte con la secuencia en cuestión, puesto que el cine se alimenta de las otras artes como éstas se alimentan del cine. Será pues esta una sección basada en los vasos comunicantes que conectan toda obra cinematográfica con lo que la rodea, una sección con la algo utópica pretensión de desarrollar, aunque matizándola semánticamente, la idea que la vidente Minerva expresa en Medianoche en el jardín del bien y el mal, de Clint Eastwood: “Para entender a los vivos, hay que comunicarse con los muertos.”

2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968) – Pozos de ambición (Paul Thomas Anderson, 2007)

Comenzamos la sección, como no podía ser de otro modo, con dos auténticos Génesis. Dos comienzos de dos películas, pero también dos comienzos de dos universos en el sentido literal del término. Kubrick, a ritmo de Richard Strauss, creó el universo desde las estrellas e hizo amanecer al hombre e insufló volumen a la imagen plana mediante el monolito. Paul Thomas Anderson, a ritmo de Johnny Greenwood, muestra los restos de ese universo arrasado, carente de vida, para, como si de un titán se tratara, hacer emerger de los abismos a Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis), hacer amanecer de nuevo al hombre, aquel que ha de forjar el siglo XX.

En ambos casos, los directores, que no por casualidad son americanos, actúan como auténticos pioneros: sus imágenes son polvorosas, antiquísimas, primitivas, remitiédonos a un tiempo ancestral. Da la sensación que tanto Kubrick como Anderson están desenterrando los albores de dos mundos de un lugar en el que han permanecido ocultos durante una eternidad. Resulta paradójico pensar que los comienzos de 2001 y, sobretodo, Pozos de ambición, ambas películas de una modernidad rotunda, hablen de los orígenes: el día a día de unos monos que no se convierten en hombres hasta que se matan los unos a los otros y la obstinación enfermiza de un hombre que, al encontrar petróleo, hace nacer el capitalismo. Estos orígenes, estos cambios de época, son mostrados por ambos directores de formas tan particulares como conectadas. Kubrick, uno de los directores que más ha confiado en la imagen, concibe un Génesis de grandes planos generales, de vastísimos horizontes desérticos, una Tierra virgen en la que los simios viven. Esta composición basada en la línea horizontal se quebra con la turbadora aparición del monolito (momento que no aparece en el vídeo), un elemento cuya verticalidad, tridimensionalidad y color totalmente negro provocan que la imagen evolucione, trasladando su horizontalidad y concepción terrenal a una nueva dimensión, la del espacio exterior, etérea, abstracta y geométrica, que acontecerá tras la mayor elipsis de la Historia del Cine: el hueso que se convierte en nave espacial. Tal es la confianza de Kubrick en la propia imagen (en movimiento), que es ésta, a través del monolito, la que hace avanzar al simio/hombre en la escala evolutiva, un proceso que se repetirá en diversas ocasiones durante la película (la expedición en la luna, la llegada a Júpiter y el final en la habitación decorada al estilo Luis XVI).

En Pozos de ambición, el Génesis no viene del cosmos (recordemos que en realidad 2001 empieza conla pantalla en negro y una serie de sonidos “cósmicos” hasta que aparece la imagen de los planetas alinéandose, dando así a luz a una nueva era mientras suena Así habló Zaratustra), sino de las profundidades de la Tierra. El primer plano del film de Thomas Anderson, esas montañas desérticas acompañadas por la turbadora partitura de Johnny Greenwood, aparece como un golpe seco en la pantalla, y de hecho pueden leerse como el vaciado de la iconografía con que abre Kubrick 2001: como en ésta antes de la alineación de los planetas, en Pozos de ambición la pantallla también permanece en negro durante unos segundos en los que sólo hay sonido; si Kubrick dotó a esos sonidos de un tono de expectativa, de magia, de milagro casi, confirmados después con la alineación planetaria, Anderson opta por un solo sonido, en agudo crescendo, que lejos de mágico suena angustioso, una angustia que la imagen del desierto americano reafirmará. Así, Kubrick se remonta millones de años para mostrar el nacimiento del universo, y de la vida, en clave de majestuosa celebración, mientras que Anderson se remonta a finales del siglo XIX para mostrar el nacimiento de un universo, de un país (Estados Unidos), de un sistema (el capitalismo), que no emana de la vida sino de la muerte, un universo que nace muerto, y que sólo eso podrá producir.

Decíamos que el Génesis de Anderson viene de las profundidades de la Tierra, y es que bajo ese desierto que muestra el primer plano se encuentra Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis), un buscador de petróleo. Plainview pica piedra en un profundo agujero en el que su cuerpo cabe a duras penas; podemos palpar el polvo de ese claustrofóbico lugar, el esfuerzo del minero, un esfuerzo comparable a su avidez. Parece esta imagen una prolongación de los titanes griegos: Plainview es un ser inmenso cuyo aspecto (barba larguísima, manos ásperas, andar encogido) da la sensación de haber estado en ese minúsculo sitio una auténtica eternidad, en este caso no castigado sino por propio interés. Una imagen remite de nuevo a Kubrick: Plainview, a la intemperie, en cuclillas, con una mirada animal, recuerda poderosamente a los simios de 2001, que también esperaban algo largo tiempo. En su caso, era el negro monolito que, aparentemente, viene del cielo; en el caso del minero, lo que busca viene del subsuelo y también es negro, pero no es ni formalmente inmaculado ni definido, sino licuado, espesísimo: petróleo. El monolito era aquello que movía la trama, el objeto de una búsqueda sin fin, que modificaba la imagen y que hacía evolucionar al hombre. Cuando Plainview encuentra petróleo, éste se mezcla literalmente con su sangre y se mete en su organismo, llevándolo a través de un viaje en sentido inverso al de los simios, más cercano a la animalización de Apocalypse now (Francis Ford Coppola, 1979) que a la elevación cósmica de 2001. Sin embargo, tanto Kubrick como Anderson coinciden en un punto más en ambos comienzos: los dos Génesis terminan con la muerte de un semejante; un mono mata a otro mono, un accidente laboral acaba con la vida de un compañero de Plainview, y éste aprovecha para quedarse con su hijo. La muerte, presente desde el principio de los tiempos, en sus diferentes versiones, entendida como peaje evolutivo. Los finales de las dos películas también son buenos ejemplos de ello. Quizá algún día Kubrick y Anderson vuelvan a aparecer en esta sección.

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