La encrucijada de Hollywood – Especial Oscars Vol.1

Dentro de un mes se celebra la ceremonia más prestigiosa del planeta cine: la entrega de los premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, conocidos mundialmente como los Oscars. Estos premios no son más que una muestra de la supremacía cultural de Estados Unidos, un hecho que difícilmente cambiará en muchos años, ya que por mucho que actualmente se hable del “gigante chino”, ¿quién consume películas o canciones chinas si lo confrontamos con las obras de procedencia norteamericana? El adjetivo prestigiosos para referirme a los Oscars, pues, no viene dado tanto porque estos galardones premien la calidad (que en ocasiones también) sino porque son los que más repercusión social general tienen con diferencia. En este sentido, no podemos desdeñar su influencia ni su importancia, ya que la(s) película(s) que los Oscars encumbran son en muchos casos la(s) que una gran mayoría de la gente va a ver al cine. Así, cada año, la industria de Hollywood hace una apuesta, orientando a una gran parte del público a ver unos films u otros y, por extensión, influyendo en la calidad de las películas que mucha gente ve. Entonces, y aún a riesgo que esto suene paternalista, los Oscars tienen una extraña capacidad de decidir, y esto es responsabilidad, si un buen número de los films más vistos del año son buenas o malas películas, determinando también el estado del cine actual que muchas personas conciben. Además, año tras año, estos premios son la forma en que la industria cinematográfica más importante del mundo nos comunica qué tipo de cine nos quiere ofrecer, o como mínimo cuáles son sus intenciones. Por eso, la edición del presente 2010 es una de las más importantes jamás celebradas. Y lo es porque entre sus principales favoritas tiene a dos tipos de películas que, si bien no pueden ser agrupadas por sus estilos de producción ni por su magnitud a nivel de márketing, escarbando un poco podemos darnos cuenta de que estos dos grupos difieren, resumiendo, en algo clave a la hora de abordar el análisis de una obra: la complejidad. Desvelemos la incógnita: el primer grupo está representado por Avatar (James Cameron, 2009) y Precious (Lee Daniels, 2009); el segundo, por En tierra hostil (Kathryn Bigelow, 2008) y Malditos bastardos (Quentin Tarantino, 2009).

Este artículo se centra en la visión esencial del cine que estos dos grupos (elaborados de forma algo forzada, en aras de categorizar) proponen. Hablemos de los films de Cameron y Daniels: Avatar, la gigantesca obra donde un marine paralítico que viaja a un selvático planeta se acaba haciendo amigo de los nativos cuando su misión es convencerlos de que deben dejar a los humanos llevarse el metal del lugar, y Precious, la historia de una chica obesa, negra, violada y maltratada por su madre que lucha por salir de ese fondísimo pozo. Si bien los procesos de producción de ambas películas no tienen nada que ver (237 millones costó Avatar contra los 10 de Precious), ambas películas encuentran en la simplificación del conflicto un vehículo para llegar más directamente a provocar en el espectador ese ‘touché’ emocional que desemboque en catarsis y, finalmente, en la adhesión a conceptos como tolerancia o bonhomía. Los ecos de la guerra de Irak, en tanto que invasión militar norteamericana en busca de un material muy valioso, que claramente contiene Avatar la transforman, epatante  (y genuína, las cosas como son) experiencia 3D mediante, en la primera gran superproducción de Hollywood que echa toda la culpa de la contienda a los Estados Unidos, lo que no deja de ser curioso y hasta un punto militante, pequeño pero existente. La simplificación en el discurso nos revela que en 10 años hemos pasado de la mezcla posmoderna filosófica de Matrix (Andy y Larry Wachowsky, 1999) al ecologismo radical de Avatar, lo que ha supuesto una clara simplificación de esencias y objetivos, pues la guerra de Irak no acabó (¿acabó?) con un milagro de la naturaleza que echara a los invasores. El caso de Precious es parecido al del film de Cameron, pues su director, Lee Daniels, aborda la problemática social en los suburbios urbanos de los ochenta de Estados Unidos focalizándose en la atormentada vida de la protagonista, Precious. La película de Daniels, pues, va mucho más al grano que la de Cameron, ya que no precisa del contexto de la ciencia-ficción para hablar de temas políticos y sociales actuales, sino que los trata sin tapujos ni distinciones en una película que mezcla violación, racismo, trastornos alimentarios, maternidad, etc. De nuevo, encontramos una simplificación de todos estos problemas, que son expuestos con trazo explícito por Daniels, saltando de uno a otro casi sin continuidad ni análisis. De buen seguro que Precious busca remover conciencias, poner a plena luz del sol los brutales residuos del sistema capitalista, y es probable que lo consiga. Pero su lógica es similar a la de Avatar, mezclada con la polifonía de Matrix: utilizar la maximización de las emociones (a través del hiperrealismo del 3D en Avatar o extremándolas en Precious) para crear en el espectador una correcta conciencia social y política, simple pero firme y efectiva.

En el otro lado, encontramos la complejidad de dos propuestas como En tierra hostil y Malditos bastardos. Siendo el film de Bigelow la película independiente de este tándem, es curioso como los paralelismos con Avatar son los que la sitúan a la vez en las antípodas de ésta. En tierra hostil cuenta las vivencias de un grupo estadounidense de desactivadores de explosivos en Irak, que ponen día tras día su vida en riesgo. Aquí la guerra de Irak ya no se evoca sino que es el núcleo espacial de la película. La cámara totalitaria de Cameron (un ojo que todo lo ve, inmensos planos generales) se transforma aquí en un dispositivo nervioso y local, en un firme temblor que sigue a los soldados en sus misiones (orquestadas con una tensión tremendamente desasosegante) y que acaba provocando que En tierra hostil sea más un film de suspense que bélico, hecho que le otorga una profundidad psicológica a los personajes, especialmente al protagonista, inusitada en este tipo de obras. Tras la repetición mecánica y sistemática de acciones de desactivación, poco a poco se difumina todo contexto y quedan únicamente los personajes y sus psiques. Unas mentes que, bien por naturaleza o bien por la guerra misma, caminan en la cuerda floja entre cordura y locura, pues sólo un perturbado haría con adicción adrenalítica semejante trabajo. La complejidad psicológica de la guerra centrada en los que la hacen posible, los soldados, es abordada por Bigelow con precisión, centrándose su película en qué pasa por la cabeza de un hombre que se presta a ese tipo de acciones. Por último, en curiosa pareja con Bigelow, Tarantino realiza también una película bélica que nada tiene que ver con En tierra hostil. Sus Malditos bastardos no es sino la historia frente a la Historia, la representación de unos hechos ficticios integrados en otros reales. Es este un film histórico, pero no sobre la Segunda Guerra Mundia sino sobre el cine que sobre ella se ha hecho, sobre la manera en cómo se puede representar una contienda bélica desde sus márgenes, contando aquellas historias que nadie quiere contar, historias de unos judíos asesinos de nazis, de una chiquilla que se venga del III Reich con el cine o de un coronel de las SS que parece saberlo todo. Pocas veces se ha visto semejante declaración de amor al cine y a su poder redentor, jamás un juego había sido tan gozoso y sorprendente y, sobretodo, es estupendo poder decir que nos encontramos ante el film más maduro de Tarantino, aquel que más en serio se toma la cinefilia de su creador, aquel en que percibimos una puesta en escena más bella y meditada, aquel en el que sus constantes (revisitación de géneros, dilatación de tiempos, fragmentación en capítulos) se llevan al extremo sin que en ningún momento la obra dé la sensación de no ser un conjunto perfectamente coherente. Lo más asombroso es que, encima, Malditos bastardos es una película popular, divertidísima y disfrutable como pocas se ha visto últimamente.

La Academia de Hollywood, pues, decidirá dentro de algo más de dos semanas si apuesta por la emoción directa y efectiva, cuyo objeto es remover la conciencia social de forma fácil, o bien si se decanta por premiar, y así promocionar, la complejidad creativa, ese cine que aborda la realidad y el mismo arte desde las profundidades de la propia película, no desde su superficie. Son dos caminos diferentes para llegar a provocar emociones diferentes, y la industria cinematográfica más importante del mundo deberá decidir cúal toma.

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