El fantasma que sabía demasiado – ‘El escritor’

El escritor (The Ghost Writer, Roman Polanski, 2010)

El protagonista, en el cine de Roman Polanski, acostumbra a ser un hombre (u ocasionalmente mujer) en cuyo camino, en un extraño y amenazador entorno, se encuentra con que debe investigar un misterio que supondrá una riesgo para su propia vida: la Rosemary de La semilla del diablo (1968), el detective J.J. Gittes de Chinatown (1974), el Dr. Richard Walker de Frenético (1988) o el Dean Corso de La novena puerta (1999). Ahora hay que añadir a esa lista al escritor (Ewan McGregor) de El escritor, autor que no lo es por partida doble: no solo no firma los libros que escribe (el The Ghost Writer (‘El Escritor Fantasma’) del titulo original es la expresión inglesa para designar a un ‘negro’ literario), pues se dedica a transcribir y ordenar autobiografías ajenas, sino que además llega a convertirse, como el mismo le dice, en el ‘ghost’ del ex-primer ministro británico Adam Lang (Pierce Brosnan) después de que el ‘ghost’ original muriera en extrañas circunstancias, como se nos revela al inicio de la cinta, sin que las memorias del político quedaran terminadas. Así, el mismo título de la película es un juego de palabras similar al que se produce dentro del argumento del propio film, con esas memorias que esconden también un segundo significado. Hitchcock y el mejor Polanski son parientes muy cercanos, hermanos, como Zeus y Hades. La diferencia es que el orondo ingles desnudaba emocionalmente a la humanidad a través de la exaltación de la apariencia, haciendo que las personas parecieran los dioses más  imperfectos imaginables, mientras que Polanski rueda en el inframundo y filma fantasmas en un lugar asqueroso, repleto de complots egoístas, atmosferas malsanas y traumas colectivos. Los dos señalan la pequeñez del hombre mediante caminos opuestos.

En el fondo, El escritor es todo lo contrario a lo que siempre nos han enseñado que debe ser una buena película: su trama es inexistente, las relaciones entre personajes son artificiales, su protagonista no tiene entidad ninguna y el misterio es tan difuso como la lectura política. Sin embargo, es la mejor película de Polanski desde La muerte y la doncella (1994), precisamente por su indefinición, su extraña atmosfera, su calculada abstracción, sus constantes fugas. Como en Con la muerte en los talones (Alfred Hitchcock, 1959), hay un protagonista (el ‘ghost’) que sustituye a otro (el escritor original, Mike McAra) y se ve inmerso en una conspiración que le va demasiado grande. Como en El hombre que sabía demasiado (Alfred Hitchcock, 1956), la información suministrada por el muerto (McAra) pone en peligro la vida de su imprevisto sustituto (el ‘ghost’), un sustituto que constituye uno de los protagonistas más extraños vistos últimamente. Sin nombre, sin carisma, sin reconocimiento, con el único objetivo de acabar unas memorias que, poco después de iniciarse la película, parecen no importar a nadie y, posteriormente, embarcado en una trama detectivesca que no cesa de proponerse como una infundada paranoia, el ‘ghost’ es un secundario que aparece en cada plano: lo interesante es que, en muchas ocasiones, Polanski lo sitúa en el margen del encuadre, tras otros personajes que se le superponen, o en planos generales que evidencian su nimiedad (el contraplano usado como aislador del personaje también es clave). El verdadero ‘mcguffin’ de El escritor no son las memorias, como sería fácil pensar, sino el propio protagonista, un pelele, al que McGregor interpreta como tal, que nos guía por un escenario malsano de lo mas “polanskiano”, donde toda tentación psicologista se ve sepultada bajo la atmosfera extraña y opresora, de calma tensa, que emana esa isla. El mejor ejemplo es la tentativa de romance que sobrevuela durante el film: al principio, cuando el ‘ghost’ conoce a la mujer de Lang, Ruth (ambigüísima Olivia Williams), ambos pasean por la playa, y al fondo del encuadre, en todo momento, entre ellos dos, un guardaespaldas, impidiendo así una autentica complicidad, una simple y transparente relación humana, algo que en El escritor se sustituye por feroces y volátiles relaciones de poder o conveniencia, ocultas detrás de una invisible patina de educación y savoir faire, magníficamente plasmadas en escenas como la conversación entre el ‘ghost’ y el profesor Paul Emmett o entre el ‘ghost’ y Lang en el avión de este ultimo.

"Hola, ¿quién es usted?" "Soy su fantasma."

Las posibilidades de una isla

Recordemos los últimos dos planos de Shutter Island (Martin Scorsese, 2010), un film con el que El escritor guarda no pocas similitudes: en el precioso penúltimo encuadre, con el sanatorio de Ashcliffe ya recuperado del huracán y en una preciosa mañana, los celadores se llevan a Teddy Daniels/Andrew Laedis para lobotomizarlo, ya que no ha aceptado su crimen; el desgarrador último plano es el del imponente faro, reverso oscuro del anterior encuadre y, por consiguiente, de lo que el institucional Dr. Cawley vende como un lugar de paz y calma para los enfermos mentales. Esa limpieza visual y formal del penúltimo plano de Shutter Island es la que basa toda la puesta en escena de El escritor, nítida y transparente, con una colocación clásica de los actores (que no de sus roles) y una claridad expositiva y narrativa deslumbrante. Lo que diferencia a Polanski de Scorsese es que el primero aúna la vertiente oscura en cada plano mediante una fotografía gélida y oscura, unas nubes lluviosas siempre amenazantes, impidiendo así que la tranquilidad se asiente en ningún momento de la historia, pero a la vez planteando una historia que es difícil imaginar más calmada. Lo oscuro, lo sucio, en Polanski, no termina nunca de salir a la luz (¡ese ya legendario plano final!), mientras que en Scorsese emana como fogonazos, siendo el cine del primero un viscoso rio de lava subterráneo y el segundo violentas erupciones.

Igual que en Shutter Island, la isla también se contempla en El escritor, aunque de forma menos referencial y más abstracta, como lugar aislado, extraño y misterioso, no vista como vía de escape sino como callejón sin salida: una vez va allí, como le pasaba a Teddy Daniels o a McAra, el ‘ghost’ ya no puede escapar. La irónica (y es que esta película lo es mucho) obertura al exterior, cristal mediante, que tiene el despacho de Lang y en la que tanto insiste la cámara de Polanski, pasa de ser un bello lugar de contemplación a un recordatorio que el mundo esta ahí fuera, acechando, oprimiendo. La isla es tierra de fantasmas, y los que allí moran se comportan como tales: desde el primer ‘ghost’, fenecido, que recuerda su presencia en la habitación que ocupa su sucesor, hasta el propio Lang, que va y viene de la isla, pareciendo más un guapo espectro que un personaje de cierta entidad, y sin embargo estando presente a lo largo de todo el relato, pasando por el padre del militar muerto en Irak, presencia constante y remarcada por Polanski de modo tan marcial como sibilino. Un sitio inconcreto, puro espacio aséptico contaminado por unos extranjeros que lo han corrompido poco a poco, siendo las nubes que lo cubren perfecto recordatorio de su naturaleza ahora muerta.

De sofisticado mirador a elemento inquietante y opresivo.

El texto como centro del cine

Uno de los aspectos más sorprendentes de El escritor es que, aun siendo una película anclada en su puesta en escena y respetuosa con los códigos del thriller, sitúe como núcleo de la acción un libro, unas memorias concretamente, que no por casualidad es un genero donde alguien, en este caso el ex-‘premier’ británico, evoca su pasado, un tiempo ya muerto. La nueva obra de Polanski empieza con la búsqueda de un ‘negro’ que reemprenda la tarea dejada por el escritor fallecido, pero poco después el interés del film se desplaza a la investigación detectivesca iniciada con el asedio político que sufre Lang, por su pasado en activo, precisamente. A partir de ahí, las memorias pasan a un segundo plano, pero jamás se esfuman fuera de campo, recuperando su importancia al final de la película, después de uno de los giros de guion más arriesgados e inesperados del cine “comercial” actual, que sienta como un hachazo a uno y otro lado de la pantalla. A partir de ahí, las memorias del muerto, su pasado, lo escrito como única fuente, reivindica su lugar en la Historia y demuestra que el subtexto no solo era atmosférico sino real. Y entonces Polanski suministra el golpe final: la película se vuelve sinuosa y fluida, y el rio viscoso que antes mencionaba amenaza con pasar al primer plano y… Ya lo dijo Balzac: “Todo poder es una conspiración permanente.”

Las memorias de Lang o el anti-mcguffin.

1 Response to “El fantasma que sabía demasiado – ‘El escritor’”


  1. 1 counter-surveillance 14/05/2014 a las 16:59

    public and corporate for greater security, in a climate
    declining faith in the polices ability to prevent crime,
    and the government promotion of the virtues of privatization and individual responsibility.

    Key chain remote controls can be given to your children. Of course, there
    are occasional exceptions to the above, but generally this
    is how it works.


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