Dar forma al tiempo – ‘Happiness’ y ‘La vida en tiempos de guerra’

Happiness (Todd Solondz, 1998) – La vida en tiempos de guerra (Todd Solondz, 2006)

Recuerdo la sensación que tuve tras ver Happiness (Todd Solondz, 1998): desolación y desamparo. El horror, sí, horror, que experimenté en la escena en la que el doctor Bill Maplewood (Dylan Baker) le confiesa a su hijo Billy (Rufus Read) que es un pederasta y que no se arrepiente de las atrocidades que ha hecho, era tan incontestable como veraz. La secuencia, situada en el salón de su casa, antes luminoso y espléndido y ahora envuelta en unas sombras tan poco expresionistas como envolventes, está planificada con una simplicidad claustrofóbica y desnuda a un tiempo: un plano de contexto (padre e hijo sentados en el sofá) y luego una sucesión de primeros planos de sus rostros, por fin responsables únicamente de sí mismos, también desnudos, sin un objeto, un lugar o una luz a la que asirse, que los defina, obligados a decirse la verdad de una vez por todas, sólo dos seres humanos; el hijo deberá preguntar a su padre quién es, y el padre deberá responderle con claridad, aunque las palabras de ambos se vayan ahogando a cada segundo. Esa escena es clave para entender qué papel juega el cine en la visión de un estado de la sociedad: Solondz, tras más de dos horas de película, tiene suficientes argumentos como para defender algo terrible pero que no nos suena a impostura provocadora: los hijos deben crecer y evolucionar, dejar de ser inocentes niños, por la vía del trauma, en este caso sexual. No obstante, el plano final arrojará un enorme rayo de esperanza para el primer mundo: quizá los adultos son una fachada de normalidad y felicidad tras la cual sólo hay vacío y perversión, pero los que están por venir aún son capaces de decir la verdad, de no esconderse, de reconocerse a sí mismos, de superponerse a la fachada de crecer, de vivir su propia vida.

"El horror... El horror..."

Lo que me sorprendió es que, cuando tras ver el film de Solondz, que tan duro me había parecido, encontré críticas y más críticas que calificaban a la película de cómica, sarcástica e irónica con respecto a la sociedad estadounidense y demás. No lo entendía, porque lo cierto es que Happiness, aún con sus bizarros momentos en los que uno no sabe si reír o angustiarse, no tiene nada de socarrona en su mirada global, no observa a sus personajes por encima del hombro y se ríe de ellos o los desprecia, sino que los muestra en su cotidiano patetismo. De hecho, es esta una obra muy rigurosa a la vez que comprensiva con ellos, pues no solamente toda la película está poblada por adultos que ocultan o ignoran su desmorone moral, sino que al mostrarlos tal como son y sin tapujos o giros de última hora (por ejemplo, desde el principio sabemos que Bill es un pedófilo o que Allen (Philip Seymour Hoffman) es un obseso sexual), se pone a su misma altura, los retrata como seres humanos y el castigo que les inflinge no está provocado por un capricho del guión sino que viene dado por las relaciones que los personajes establecen entre ellos, eliminando así la figura del verdugo y la víctima, niños al margen, y equiparándolos a todos. Esta cotidianeidad, esta imbricación indisoluble de lo sórdido y lo luminoso en el día a día de los personajes de Happiness (véase la elipsis de la noche en la que Johnny Grasso (Evan Siverberg) se queda a dormir en casa de Billy), hace que la puesta en escena esté pautada por un hiperrealismo sucio, una estética que exagera todos los tics de un telefilm y los traslada a una película de dos horas y media de tempo lento y cotidiano, casi imperceptible, en la que lo que presenciamos es tan exacerbado en su fondo y tan sencillo en su forma que se convierte en indiscutible. No obstante, quizá Solondz tampoco entendió por qué tanta gente creía que Happiness era una comedia, un film que simplemente se reía de una serie de tópicos sobre la clase media norteamericana pero que, al fin y al cabo, no era más que una obra paródica que había que tomarse medio en serio medio en broma y a la que no había que dar demasiadas opciones como película realista.

El día más soleado tras la noche más oscura: eso también es realismo.

Quizá para dejar claro qué era Happiness, Solondz creó una secuela antónima e inesperada: La vida en tiempos de guerra (Todd Solondz, 2009), que empieza en un restaurante con Joy (Shirley Henderson) recibiendo, de manos de su marido Allen (Michael K. Williams), un cenicero, comprado en ebay con el nombre de ella inscrito. Al llegar una camarera y escuchar la voz de Allen preguntándole por los platos especiales, se da cuenta que esa voz es la misma que escuchó el otro día por teléfono en lo que era una llamada erótica, escupiéndole entonces a Allen en la cara, a pesar de la insistencia de Joy y del propio Allen de que él ha cambiado. No obstante, cuando la camarera se ha ido, Allen reconoce que sigue haciendo ese tipo de llamadas los domingos. Los que hayamos visto Happiness sabremos muchas cosas que harán de esta escena algo más que una introducción: el film de 1998 también empezaba con Joy (Jane Adams) en un restaurante, en aquel caso reunida con su reciente pareja Andy (Jon Lovitz), a quien dejaba. Andy aparentemente se lo tomaba bien, e incluso le daba a Joy, entre lágrimas, el mismo cenicero que años después Allen compraría en Internet, para después quitárselo al grito de “yo soy champán y tú eres mierda.”, lo que dejaba a su ya exnovia destrozada. Así, ambas escenas, planificadas de la misma forma, también tienen un resultado parecido, que no es otro que el de la sensación de soledad que invade a Joy y la hace sentir una fracasada. Si Happiness se caracterizaba por ser una radiografía pausada y densa sobre y en el presente, que trataba cómo el día a día escondía a una panda de monstruos perversos, hecho que se traducía en la puesta en escena hiperrealista antes mencionada, La vida en tiempos de guerra es todo lo contrario, pues sus personajes no puede desprenderse de su horrendo pasado (el paralelismo entre las dos escenas) y por ello no cesan de mirar al futuro esperando que éste les depare algo mejor (el cambio de Allen que convertirá a él y a Joy en un matrimonio feliz), sumidos así en una situación de bloqueo permanente que les impide vivir el día a día y realmente avanzar. Esta condición de película que se mueve en territorios inmateriales como son el pasado y el futuro pero que, como cine que es, está condenada a filmar algo que realmente sucede, alguna clase de presente por tanto, provoca que Solondz trate sus imágenes como si se tratara de las de un sueño, con una fotografía luminosa y sobreexpuesta, con colores muy encendidos que queman al verlos. En la década que ha transcurrido, el hiperrealismo de Happiness se ha substituido por un onirismo que transforma la película en una especie de ensoñación paralela de su predecesora, una intangible reflexión sobre la capacidad del ser humano para sobreponerse al dolor, someterlo al olvido y perdonar al monstruo. El mundo irreal visto como lugar de introspección donde realmente se determina el devenir de las cosas, mientras que el presente, pues, ya no tiene tanto que ver con asistir al progresivo derrumbarse de la fachada que considerábamos inexpugnable y tras la que se esconde el terror como con una especie de transitar por un lugar en el que todo es diferente, nada es lo que era y en el que es preciso alterar la realidad para poder sobrevivir y progresar.

La historia se repite pero nada (ni la realidad) es lo que era.

Al mencionar la alteración de la realidad como condición sine qua non para seguir adelante, es obligado hablar aquello por lo que más destaca La vida en tiempos de guerra con respecto a su predecesora: los personajes son los mismos, pero el elenco está cambiado de arriba a abajo. Esta decisión, enigmática, sugerente, y discutible, se revela como una apuesta arriesgada y coherente si tenemos en cuenta que lo que caracteriza a la secuela de Happiness es su esencia autorreflexiva, su vocación de comentario y complemento del film de 1998 antes que de continuación en el sentido estricto. El paisaje que nos presenta La vida en tiempos de guerra no es un escenario físico sino mental, un estado de las cosas en el que nada puede ser ya encubierto y en el que todo se ve tal y como es realmente, incluso los cuerpos de los personajes. Así, si en Happiness el doctor Bill Maplewood se nos presentaba tras el físico remilgado y las buenas maneras de Dylan Baker, ahora es incorporado por el corpulento Ciarán Hinds, más cercano a la verdadera personalidad depravada del personaje, quien resuelve una crucial conversación con su hijo sin el más mínimo atisbo de vergüenza pero con la misma resolución y firmeza con la que bebe un botellín de agua de un solo trago. Además, la mirada y los gestos de Hinds, mucho más minimalistas que los de Baker, refuerzan su condición de fantasmagórico animal que aparece y desaparece de los lugares con una facilidad demasiado pasmosa como para ser real, como atestigua el último plano de la película. Su caso ejemplifica el hecho que La vida en tiempos de guerra es precisamente un film de espectros, de personajes que viven de lo que un día fueron y de lo que quieren ser, pero al estar en esa encrucijada realmente nunca son, nunca existen ni viven un presente. De nuevo, sólo los niños, el futuro en construcción, sin pasado y con un presente crucial, parecen buscar realmente algo, ansiar ese rayo de esperanza que les permita avanzar. El carácter  de La vida en tiempos de guerra también se revela en la búsqueda de Timmy (Dylan Riley Snyder), quien ansía perdonar a un padre que no puede recordar, mientras que el objetivo de Billy en Happiness era mucho más mundano, aunque no exento de carácter metafórico. Ambas obras finalizan con sendos rayos de esperanza porque quizá ambas obras son la misma película, una real y la otra onírica, aunque si lo pensamos es evidente que el film de 2009 es una continuación del de 1998. Entonces, ¿qué es La vida en tiempos de guerra? Una secuela autorreflexiva, una variación de Happiness, un intento infructuoso de seguir a unos personajes irreconocibles con el paso de los años… Es todo eso, pero para mí es la forma que Solondz ha encontrado de darle forma al tiempo, el que separa lo concreto de lo abstracto: una década, un cambio radical del reparto, una estética onírica frente a una hiperrealista, 43 minutos, los que separan Happiness de La vida en tiempos de guerra.

El reflejo de un reflejo. Un mutante.

2 Responses to “Dar forma al tiempo – ‘Happiness’ y ‘La vida en tiempos de guerra’”


  1. 1 Nelson Cárdenas 18/09/2010 a las 20:36

    Hola, Sergi, mire que estamos sacando una revista de cine y fotografía, http://www.vistalsur.com, y nos gustaría que se pasase y nos idera su opinión y que se yo, de pronto se anime a escribir con nosotros, con enlace a su blog. Lo esperamos.
    Saludos
    Nelson

  2. 2 Sergi Fabregat Mata 21/09/2010 a las 14:36

    Buenas tardes Nelson.

    Me he mirado la revista y me parece genial: contenidos muy interesantes (aunque quizá falta una mayor atención a las derivas del cine contemporáneo), entre los que destacaría el texto sobre Tarkovsky o el tuyo sobre ‘Líbano’, un diseño perfecto que hace la lectura muy amena y, sobretodo, lo más importante: una perspectiva personal que en ningún momento sacrifica la reflexión rigurosa y bien redactada.

    Me apunto sin dudarlo a esta nueva experiencia, cuando queráis empiezo a escribir :)

    Un saludo,

    Sergi.


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