Sitges 2010 (3) – ‘The Ward’, ‘Rubber’, ‘Secuestrados’

The Ward (John Carpenter, 2010) – Oficial Fantàstic Panorama Especiales

El destino, la casualidad o, como quiero pensar, la voluntad, han hecho que en Sitges 2010 se conmemore el 30 aniversario de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980) y se presente el retorno al largometraje del legendario John Carpenter después de 8 años. Esa coincidencia nos permite disfrutar de The Ward viendo cómo un maestro recibe influencias de otro: los ecos “kubrickianos” resuenan en el manicomio del film de Carpenter, tan parecido por fuera y por dentro al descomunal Overlook Hotel, compartiendo ambos esa majestuosidad de la gran edificación rodeada de la nada que en su interior posee la estructura de una laberíntica trampa mortal, con esos interminables pasillos que la cámara de recorre lentamente sin necesidad de correr como debía hacer detrás de Danny (Danny Lloyd) en la película de Kubrick. En este entorno tan inmenso es donde Carpenter empieza a palicar su rotundo estilo desde el minuto uno, tan distinto del de Kubrick: minimalismo escénico, entorno limitado, una determinación en la planificación a prueba de bombas y la sustitución de lo sinuoso por lo directo y transparente. El ir al grano llevado a la máxima expresión, como podemos observar en un prólogo que lo profetiza todo: unos pasillos, una chica aterrada y una “cosa” que la ataca, todo sin tapujos, agarrando al respetable por el cuello desde el principio.

Así, donde El resplandor era progresiva, lenta, malsana y épica, The Ward es directa, reducida (el gran manicomio queda en fuera de campo durante casi toda la cinta, que transcurre en el pabellón que le da título), extremadamente concisa y clara en sus propósitos. Esta agresiva firmeza, tan deliciosamente “carpenteriana”, no se ha perdido en ocho años y funciona a la perfección en esta obra sobre una manicomio maldito con un giro final tan bien integrado en la narracción que abre The Ward a futuras y estimulantes relecturas sobre ese tema que ya se vislumbra como uno de los princpales del festival: la relación entre un cuerpo y una identidad mental. No hay más que observar como los caracteres de las protagonistas del film de Carpenter son incorporadas por actrices muy diferentes la una de la otra (incluido el fantasma), lo que hace de la película una maliciosa reflexió entorno al cuerpo femenino en la línea de Death Proof (Quentin Tarantino, 2007), como vemos en la magistral escena del baile de las chicas. Para los que dudaban de ello, Carpenter ha vuelto en casi plena forma, pues The Ward también tiene algún defecto como ciertos sustos de volumen al tope bastante previsibles o un echar en falta sus exquisitos sintetizadores, pero toda la mala leche, la genialidad narrativa y discursiva, la puesta en escena rotunda y los cojones no se han perdido.

Las múltiples formas del cuerpo femenino.

Rubber (Quentin Dupieux, 2010) – Oficial Fantàstic en competición

John Ford dotó al paisaje del lejano oeste cinematográfico con la diligencia como vehículo de transporte. En los años ’60 – ’70, no obstante, llegaron directores que canviaron dichos carruajes por coches, que la serie B se encargó de transformar en los medios de transporte de locos asesinos que disfrutaban masacrando a jóvenes y guapas féminas. Todas estas referencias las convoca Quentin Dupieux para crear Rubber, una explícita película donde todo está al revés y donde nada se nos escatima. Tanto es así que el film se inicia con un hombre vestido de sheriff que, mirando a cámara, recita un monólogo sobre las sinrazones en el cine y anuncia que lo que veremos a continuación es un homenaje a esos sinsentidos que abundan en el séptimo arte. Acto seguido, unas personas cogen unos prismáticos que un hombre les brinda y se sitúan en lo alto de un montículo para ver la misma película que nosotros, y no dudarán en interrumpirla para comentar lo que suceda. Esta subversión de los códigos convencionales culmina con la aparición de un pneumático que se lavanta solo y empieza a rodar: pronto descubrimos que tiene poderes psíquicos y que gusta de hacer estallar la cabeza de todo aquello con lo que se cruza, objetos, animales o personas. El paisaje del desierto en el que se ubica Rubber, el paisaje del western, pierde toda su dimensión psicológica y épica para pasar a ser mero escenario; el loco asesino ya no mata con su coche y ni siquiera tiene un rostro, es un objeto inanimado que deviene en síntesis de ambos; la progresión narrativa habitual, de crímenes paralelos a la investigación policial, se sustituye por una serie de variaciones repetitivas de las víctimas del pneumático y la investigación queda transformada en una elemental y surrealista penúltima escena; incluso el espectador pierde su capacidad de reacción cuando otros, lo de dentro de la película, responden por él. Rubber es importante porque propone una forma de representación no antropocéntrica, llegando a despreciar al ser humano, basada en la exploración de las capacidades icónicas y retóricas del objeto como núcleo del fenómeno cinematográfico. Y además, que narices, la película de Dupieux es una broma divertidísima.

¿Un western "godardiano"? Un pneumático, un sheriff y un paisaje desértico.

Secuestrados (Miguel Ángel Vivas, 2010) – Oficial Fantàstic en competición

Hablábamos hace un par de días de La casa muda, ese film de terror rodado en un único plano secuencia que intenta ocultar a través del tiempo real las muchas carencias de la película. También se ancla en el plano secuencia Secuestrados, cuyo argumento, por desgracia, no es nada ficticio: una adinerada familia se acaba de mudar a su nueva casa en la sierra madrileña cuando unos encapuchados entran con la intención de robarles. En este caso, no será la heroicidad de las víctimas la que haga que todo se tuerza sino la avaricia de los delincuentes. Secuestrados es antes un survival horror de autor que una versión española de Funny Games (Michael Haneke, 1997), con la que se relaciona por la trama pero no por los objetivos, intelectuales en Haneke y viscerales en el caso del film español. Vivas, gracias a unos hábiles 15 primeros minutos (como los memorables primeros minutos de [REC] (Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007)), nos hace empatizar con la familia protagonista para que así seamos capaces de aguantar a su lado hasta el final y sufrir con ellos, algo que esta garantizado gracias a la estructura en planos secuencia de la película, que no por su condición dejan de estar perfectamente planificados y compuestos. Lo interesante de Secuestrados radica en su rigurosa apuesta formal por el punto de vista único (que al final se rompe en aras de amplificar la emoción) y el tiempo real, lo que sostiene una tensión constante incluso en los momentos en los que no sucede nada, pegando la cámara a los protagonistas y llevando al espectador por una hora y media de horror íntimo y claustrofóbico, más físico que mental.

El sufrimiento de los tiempos muertos.

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