Sitges 2010 (4) – ‘Insidious’, ‘Outrage’ y ‘Thirteen Asassins’

Insidious (James Wan, 2010) – Oficial Fantàstic Panorama a competición

Las casas encantadas siempre han dado mucho juego cinematográfico al extender el concepto del terror a la intimidad del hogar y transformar éste en un instrumento de tortura. Poltergeist (Tobe Hooper, 1982) dio buena cuenta de ello, pero los años han hecho de ella una película más entrañable que aterradora. Buscando actualizar un género que hoy está entre pervertido y difuso, James Wan, artífice de la primera Saw (James Wan, 2003), ha recogido la herencia del film de Hooper para crear Insidious, una interesantísima y autoconsciente heredera de aquélla dividida en dos mitades completamente opuestas y unidas por un rompedor giro de guión inustiado en una obra de casas encantadas. La primera mitad, que bebe claramente de Poltergeist, presenta a una feliz familia acabada de mudar que pronto sufrirá en su propia casa los embistes de lo sobrenatural. Wan opta aquí por el clima intimista y sutil y la cámara en mano manejada con estabilidad, que crean una puesta en escena naturalista con una cálida y realista fotografía y una progresión del terror hecha en base a pequeños elementos inquietantes que estallan repentinamente, siendo la escena de la alarma el mejor ejemplo. Esa calma tensa tiende antes hacia el drama familiar que hacia el terror, y nos envuelve gracias a las brilantes interpretaciones de un Patrick Wilson y una Rose Byrne que consiguen ganarnos el corazón con sus sinceras miradas.

Súbitamente, con el cambio de escenario, de casa, se inicia la segunda parte de Insidious, donde el terror se adueña de la película y la torna un manierista y exhuberante cuento de terror literal, de montaje acelerado y convulso pero siempre firme, y colores distorsionados. Otra película empieza en el sentido más esencial al trasladar el papel de creador del pánico de la casa, con esa alarma que repentinamente suena o esas cortinas tras las que se esconden figuras, a los personajes, sus psiques y las relaciones entre ellos, y serán ahora estos los que harán avanzar el relato hacia su terrorífico desenlace. Esta división de tono inherente en Insidious, esta partición que la vuelve film espejo, la hace ser una de las películas de terror clave del siglo XXI, al ser revisión, memoria (ésta y sus funciones son parte importantísima de la obra) y respetuosa variación novedosa autoconsciente, más simpática que paródica en sus contados momentos cómicos, más dolorosa que sorprendente o cruel en sus etapas de horror, de un género tan maltratado hoy en día pero tan estimulante como el terror.

Del intimista drama familiar al film de terror manierista.

Outrage (Autoreiji, Takeshi Kitano, 2010) – Oficial Fantàstic Panorama a competición

Tiene su dificultad hablar de Outrage, porque trastoca las expectativas, las generadas por su trailer: la película no es, ni mucho menos, dos horas seguidas de berreos nipones y tiros. Ahora bien, hay muchos berreos nipones y hay muchos tiros y, sobretodo, otro tipo de asesinatos de lo más cafre y sorprendente. En un extraño proceso de depuración del género yakuza por la vía del exceso, Kitano ha construido una película menos vacía de lo que parece y tan directa como todos queremos. El viejo maestro japonés, como hizo John Carpenter hace unos días, es de los que gustan de equiparar un plano con una idea rotunda que, montada en continuidad con otras, adquieren un (sin)sentido de una mala leche descomunal. Primer plano de Outrage: un travelling que se pasea por los rostros de un grupo de hombres, entre los que está Kitano, ante unos coches. Segundo plano de Outrage: un plano general de unos hombres comiendo y riendo. Tercer plano de Outrage: plano general de los hombres ante los coches. Es apenas el primer minuto y ya sabemos de todo: los subordinados de los jefes, lo intuímos por la calma que se respira en el ambiente, la van a liar muy gorda.

Y así acaba siendo: Kitano aplica a su película un ritmo de martillo pilón, de planos sostenidos cuya implacabilidad nos machaca la cabeza hasta que salir de ese ciclo vital transformado en juguetona y gratuita carnicería orquestrada por un presidente de la yakuza aburrido se hace imposible y, lo más importante, indeseable. Outrage es un sucederse de tíos mirándose crispados entre ellos que, inevitablemente, acaban gritándose y matándose sin que ello provoque en el vencedor una especial alegría. De hecho la película es bastante seca y solemne, dos adjetivos inimaginables de atribuirle antes de verla, y si en no pocos momentos uno no puede evitar troncharse de risa es porque su tono extremadamente áspero y nihilista, cabrón en definitiva, ya no tiene por dónde aguantarse seriamente. Véanse si no los contraplanos de lujo del rostro hiératico de Kitano, invariable, como si de una pared de frontón se tratara, ante las aberraciones más bestias (como una bomba en su propia oficina), que provocan en nosotros el efecto contrario: llevamos tanto rato en ese clímax eterno de cadencia musical, con sus repeticiones (la cara de Kitano, la anécdota del cigarro o las promesas surrealistas del presidente), sus silencios (los planos de los yakuzas esperando el momento de matar) y sus estruendos (la escena de la sauna, que lo contiene todo), que ya no queremos despertar porque nos lo estamos pasando como unos enanos.

¿Tratado sobre el ritmo cinematográfico, revisión minimalista/maximalista del género yakuza y del derrumbe de sus códigos de honor, depuración de El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972) por la vía de la ultraviolencia, bomba contra las jerarquías, prodigo de montaje jerárquico-musical…? Aún viéndola, Outrage sigue siendo un misterio que invita a ser desentrañado entre carcajada y carcajada.

'Outrage' es una desbocada sucesión de planos peligrosos.

Thirteen Assassins (Jusan Nin no Shikaku, Takashi Miike, 2010) – Oficial Fantàstic a competición

Antes hablábamos de Insidious y su condición de película espejo. No es exactamente eso Thirteen Assassins, en tanto que está dividida en dos mitades radicalmente distintas  pero que no que se unen por una lógica de repetición/variación sino por la de la progresión. Su primera parte es calmada, sumida en interiores claroscuros, hecha a base de planos medios de samurais sentados en el suelo que hablan durante un buen rato de cómo pueden acabar con la vida de un loco jefe de un clan que podría poner en peligro la paz que ha traído el shogunato. Esta primera parte, de corte histórico/político, tan “teatral” que Miike se acerca por momentos a la frontalidad y desnudez humanistas de Ozu, salvando las distancias, tiene como propósito, al revés de lo que ocurría en Insidious, crear una psicología y relación entre los samurais protagonistas, otorgándoles el estatus de hermandad, cargando el peso del film sobre sus miradas, sus expresiones, su voz y la cadencia de ésta, en lo que es verdadero recital de interpretaciones de contenida solemnidad con un Koji Yakusho tan seguro de sí mismo que no cabe pensar en el fracaso de su misión. Empieza entonces, una vez sentadas las bases argumentales y psicológicas, la batalla. Aquí lo que importa no es el trasfondo psicológico del cuerpo sino el propio cuerpo, su poder icónico como individuo o masa, su relación con el plano general, el paisaje natural, su interacción con el escenario, su choque ineluctable. Se ha citado a Los siete samurais (Akira Kurosawa, 1954) para referirse a este remake del fim homónimo de Eichi Kudo del 1963, y no con gratuidad: Thirteen Assassins es una versión estilizada de la película de Kurosawa, y la mejor prueba de ello son esos planos del cuerpo de Yakusho ensangrentado, que permiten analizar la distancia que separa esas imágenes de las iniciales de rostros inmaculados y severas palabras, o la escena en la que uno de los samurais “planta” previamente katanas en el escenario de la lucha para poder usarlas y desecharlas a su antojo a medida que avance posteriormente entre los cadáveres enemigos. Si a alguien le extraña que algo tan serio sea una película de Takashi Miike (que en el mismo fetival ha presentado Zebraman: Attack on Zebra City (Takashi Miike, 2010), que recuerde Audition (Takashi Miike, 1999) y verá que, para empezar, también está partida en dos mitades.

El cine como construcción y destrucción de un mundo.

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