Sitges 2010 (5) – ‘I saw the Devil’, ‘The Famous and the Dead’, ‘Detective Dee and The Mistery of Phantom Flame’, ‘Vanishing on 7th Street’, ‘Colony’ y ‘My Joy’

Ayer terminó el Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya (Sitges 2010 para los amigos) con las tradicionales maratones en las que no se proyectó ninguna de las dos grandes triunfadoras del certamen: la finlandesa Rare Exports: A Christmasn Tale (Jalmari Helander, 2010), ganadora de los premios a Mejor Película, Mejor Director y Mejor Fotografía, y We are the Night (Dennis Gansel, 2010), que se ha llevado el Premio Especial del Jurado. Este hecho da que pensar sobre el acierto de los nombres principales de tal palmarés, pero de eso hablaremos en breve, en el resumen general del Festival que publicaré en un par o tres de días. También analizaremos en un post especial, como se merece, la que según ‘Film Chronicles’ es la mejor película del certamen, la ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes 2010, Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives (Apichatpong Weerasethakul, 2010), un hipnótico viaje al pasado, al presente y al futuro, a la memoria, al cine de siempre y al que está por venir, al día y la noche, al cuerpo y al espíritu, a lo misterioso y lo mundano, una película tan preciosa y amable de ver que puede no parecer la obra maestra que realmente es, que crece justamente en el recuerdo, concepto clave para perderse por el film tailandés. Pero todo esto lo trataremos en posts venideros. Hoy, el enlace al palmarés completo de Sitges 2010 y las últimas críticas de uno de los festivales más impredecibles y locos que existen.

Palmarés del Sitges 2010: 43 Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya
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I saw the Devil (Akmareul boattda, Kim Jee-won, 2010) – Oficial Fantàstic Panorama Especiales

Es probable que Corea (del Sur) no sea ese sitio tan idílico y civilizado al 100% que tenemos en nuestro imaginario, al menos a juzgar por buena parte del cine que nos llega desde allí. Bong Joon-ho lleva sacando a la luz las miserias morales y políticas de su país con thrillers policiales como Memories of murder (2003) o Mother (2009) o films tan militantes como The host 2006). La celebrada The chaser (Na Hong-jin, 2008) también se encargaba de poner sobre la mesa las psicopatías sexuales y violentas que vagan por la noche coreana y los bajos fondos de sus urbes. En el campo también está presente la locura como Bedevilled (Jang Cheol-so, 2010) ha demostrado en este mismo festival. Y qué decir de Park Chan-wook que, con su trilogía de la venganza, mostró al mundo que un gran desarrollo económico no puede esconder las desviaciones mentales existentes en su país sino que incluso puede acrecentarlas al transformar al ser humano en una bestia individualista y egoísta. Así las cosas, era cuestión de tiempo que el reputado y camaleónico Kim Jee-won, tan capaz de rodar un vigoroso chinese noodle western como El bueno, el malo y el raro (2008) como de elaborar una de las historias de terror asiático más imbricadas de la contemporaneidad (2 hermanas (2003)), abordara este tema con su esmero, extremismo y perfeccionismo habituales para dar a luz a otra de sus películas complejas, meticulosas y extrañamente expansivas. I saw the Devil cuenta la historia de un asesino en serie que mata a la mujer de un policía y ante el cual el joven viudo no se conformará con ver entre rejas. Este clásico argumento es, como en las citadas obras del director, retorcido hasta límites insospechados cuando el policía decide llevar a cabo a rajatabla la máxima del “ojo por ojo”.

Como el propio protagonista, I saw the devil va más allá en su reflexión sobre el tema de la venganza y la forma de ponerlo en escena que otras películas de temática similar, pues diluye progresivamente la frontera entre el bien y el mal para instalarse en un territorio más parecido a un coto de caza, con ese entorno boscoso donde tiene lugar buena parte de la película y esas escopetas empuñadas por los personajes, que en un relato al uso sobre la justicia, siendo uno de los pocos films sobre esta temática que realmente nos hace dudar sobre a quién se refiere el “diablo” que da título a la película. En la que es su obra más abstracta y fría, acaso también la mejor por claridad de discurso e ideas cinematográficas, Jee-won retrata una Corea claustrofóbica y malsana gracias a un montaje que divide a la película en unos cuantos graves set pieces inconexos entre sí, planificados según oscuros planos generales de escenario y primeros planos de unos personajes que se van animalizando conforme avanza el metraje, donde asesino y policía se van encontrando y libran poco a poco su particular guerra sin preocuparse de los posibles daños colaterales, dando la sensación que todo son lugares de paso de camino al terrorífico clímax final y reduciendo I saw the devil, pese a su concepción de película mastodóntica, a dos cuerpos (dos actorazos, uno melvilliano y el otro puro fuego) en perpetuo choque, como si de un mito griego se tratara. No obstante, el verdadero carácter de la película se revela observando lo que queda alrededor de los protagonistas, teóricos representantes del bien y el mal, la ley y su negación: cadáveres y más cadáveres, traumas y heridas en una sociedad incapaz de curarse a sí misma.

La preeminencia del rostro y el cuerpo como indicadores del bien y el mal.

The Famous and the Dead (Os Famosos e Os Duendes Da Morte, Esmir Filho, 2010) – Seven Chances

La adolescencia real es una etapa de la vida en la que algo sucede en el interior de uno, no sé muy bien qué, pero la persona que emerge de ese estadio tiene algo que la anterior no tenía: un “yo” único e irrepetible, una identidad. Es quizá esta la etapa más íntima y reservada de todas, aquella en la que uno más piensa, a menudo hasta lo insostenible, meditando acerca de las grandes cuestiones. Robert Allen Zimmerman lo supo muy bien cuando con 20 años se fue de su pequeño pueblo de Minnesota para forjarse una personalidad: Bob Dylan. No es gratuito pues el hecho que el objetivo del joven protagonista de la opera prima del brasileño Esmir Filho sea precisamente acudir a un concierto del legendario músico estadounidense en una ciudad indeterminada muy lejana a su diminuto pueblo en medio de la naturaleza. Junto con la “quimera” Dylan, del que el joven parece un trasunto del siglo XXI, el otro gran referente de The Famous and The Dead sea el Gus Van Sant de Elephant (2003) y Paranoid Park (2007), de las que absorbe y recicla a su manera esa forma de sugerir los íntimos y torrenciales sentimientos adolescentes medianto un retrato sostenido y sereno de sus rostros y cuerpos, pegando la cámara a los actores para que al final una simple mirada encierre un mundo por explotar. El protagonista del film es un chico paralizado ante dos ideas: tener que forjarse una identidad según los aburridos y “paletos”, como él mismo dice, dictámenes del pueblo, y la amenazadora presencia de la muerte, materializada en un puente cercano al lugar donde muchos se han suicidado, incluida una chica que persigue al protagonista en sueños o extraños vídeos de Youtube. Increíblemente sensible y sensual, sugerente y abierta, The Famous and the Dead es uno de los mejores retratos de la adolescencia actual vistos en bastante tiempo, al conseguir tratar con dignidad y respeto, pero también con claridad, los vaivenes y derivas de una generación que debe ser empujada a buscarse a sí misma. Sí, esta es una de esas películas que deberían pasar en las escuelas. Con los padres presentes.

Los oscuros misterios y presencias de la adolescencia.

Detective Dee and The Mistery of Phantom Flame (Di renjie Zhi Tongtian Diguo Di, Tsui Hark, 2010) – Casa Àsia

Viendo Detective Dee, uno se da cuenta del verdadero problema de la mayoría de los blockbusters histórico-aventureros de Hollywood: no es un mal guión, como suele decirse, sino una dirección errática, una obsesión con hacer que las imágenes pasen por nuestros ojos sin poder asimilarlas, y la manía con negar el carisma que proporcionaría un protagonista con el rostro correcto y sustituirlo por una impersonal máscara de cera que sólo sirva para llenar las arcas del productor de turno. Reconozco que soy nuevo en el cine de Tsui Hark y las superproducciones de Hong Kong, pero Detective Dee, sin ser ninguna maravilla, me ha hecho ver que el cine de aventuras históricas no está del todo muerto, y que la solución no es, como dice James Cameron, crear mundos imposibles para “audiencias globales” (recuerdo mi temblor al oírle pronunciar ese término al recibir un Globo de Oro este mismo año) sino, como demuestra el guión de Zhang Jialu para el film de Hark, hundirse en las raíces de la cultura a la que pertenece el público que verá mayoritariamente la película para rescatar elementos susceptibles de ser popularizados hoy en día. Por eso funciona Detective Dee, por su brillante y vistosa mezcla entre Historia (la emperatriz y el consejero/detective que realmente existieron, las luchas por la sucesión al trono, etc.) e historia (la llama fantasma digna, como anunciaba el programa del festival, de un Umberto Eco simplificado), entrelazándose ambas hasta que la una influye en la otra creando el todo que es la película. El resto lo ponen un Hark que imprime a su obra un ritmo que no por ser endiablado impide disfrutar de unas bellas y coloristas imágenes entre las que destacan el barroco y manierista diseño de producción (como en la ópera, lo que importa no es el verismo histórico sino el verismo dramático, que esa representación sí parezca cierta en tanto que recreación), el gusto por enfatizar unos vestuarios y peinados plenamente icónicos e identificativos y, sobretodo, unas coreografías de artes marciales tan cuidadas y estilizadas que se vuelven hipnóticas haciendo que una lucha con ciervos como armas no nos haga partirnos de risa sino asombrarnos. Quizá el secreto de obras como esta esté en que sus artífices no ponen los ojos únicamente n la taquilla sino que también se preocupan de hacer avanzar hacia un lugar concreto una cosa llamada película.

No hay vistosidad y emoción posibles sin la Historia.

Vanishing on 7th Street (Brad Anderson, 2010) – Oficial Fantàstic Galas

El gran tema del festival del año pasado fue el fin del mundo: recordemos, por ejemplo, La carretera (John Hillcoat, 2009). Retomando el tema, pero centrando la narración en el momento del apocalipsis y no en sus consecuencias, como hacía Hillcoat, Brad Anderson da ingenioso comienzo a su película situándolo en un cine, en el que el fin del mundo se anuncia con el apagón del proyector. Si el cine es luz antes que nada, la ausencia de cine es lógicamente la oscuridad. Justamente ese es el elemento que empieza a apoderarse de las cosas en Vanishing on 7th Street: las sombras avanzan, atrapan a la gente y ésta se esfuma, sin más. Por decirlo de otro modo, Anderson ha tenido la brillante idea de hacer una película cuyo objetivo principal es sobrevivir a su propio final, lo que nos lleva a lecturas metafísicas y metacinematográficas (algo que el director quería, como anunció en la presentación del film), seguir siendo cine y contando algo, porque si las sombras lo alcanzan todo la película se acaba, puesto que no habría luz que la cámara capturara. Esta sensación de amenaza constante es lo mejor de Vanishing on 7th Street, pues la angustia que provoca no proviene tanto del destino que puedan sufrir sus personajes como del hecho que súbitamente el metraje no pueda continuar. Más interesante pues como estilizada reflexión entorno a la luz y la sombra, la imagen proyectada como única forma de existencia, que como discurso apocalíptico (a saber, los humanos hemos hecho tanto mal que debemos “renacer”), la última obra de Brad Anderson merece ser destacada por su tratamiento visual de la oscuridad, su inquietante dispositivo narrativo basado en la necesidad de mantener una luz encendida y su esencialidad discursiva centrada en una transparencia asombrosa. Lástima de ese epílogo que traiciona de algún modo los grandes logros conseguidos ya que, pese a quien pese, el destino de toda película es acabar. Propongo para Vanishing on 7th Sreet una especie de montaje del espectador: deteniéndola al apagarse la vela, la película se eleva asombrosamente.

La luz como guía y esencia del cine.

Colony (Carter Gunn y Ross McDonnell, 2010) – Noves Visions (No Ficción)

La mayoría de documentales tienen una hipótesis de trabajo que desarrollan durante el metraje para acabar con una conclusión satisfactoria que responda a la pregunta inicial: en el caso de Colony, ¿dónde están las abejas? Como hacía M. Night Shyamalan en El incidente (2008), donde esta pregunta servía de introducción a la cuestión de fondo, que no era otra que una especie de apocalipsis en el que la gente se suicidaba porque sí, en Colony la desaparición de las abejas, iniciada en los primeros embistes de nuestra actual crisis, sirve para hablar de algo más: la puesta en jaque del futuro, particular y colectivo. La familia de apicultores protagonista ve como sus ingresos caen en picado y como las negociaciones con sus clientes para que sus abejas vayan a polinizar los cultivos de éstos provocan que la cristiana paz familiar se resquebraje, acudiendo a Dios como recurso salvatorio, cual Mel Gibson en Señales (M. Night Shyamalan, 2003). Por otro lado, si no hay abejas que polinicen los cultivos, podría llegar a pasar que un país como los Estados Unidos se viera obligado a depender al 100% de otros para obtener alimentos, con lo que en Colony también resuenan los inminentes peligros de una crisis creciente y de consecuencias inciertas para la colectividad. Filmada a caballo entre el documental tradicional (bustos o rostros parlantes) y la construcción de una atmósfera tensa y misteriosa mediante unos planos generales que transforman la llanura californiana en un marciano paisaje de ciencia-ficción, a los apicultores en pobladores del futuro con sus trajes y a las abejas que quedan en memoria de las plagas bíblicas, junto con un uso de la música y el montaje propios de la intriga, Colony consigue mostrar de forma concreta y abstracta lo inciertos y temibles que son los tiempos que vivimos.

Un documental sobre otro mundo.

My Joy (Schastye Moe, Sergei Loznitsa, 2010) – Oficial Fantàstic en competición

Si la sutileza y capacidad de sugerir sin categorizar son claves en Colony, no se puede decir lo mismo de la esperadísima My Joy, presente en la Sección Oficial competitiva del Festival de Cannes de este mismo año, centrada en el desmorone moral de una Rusia convertida en tierra de lobos y contada mediante una estructura de vidas rebotadas y paralelas (jamás cruzadas); esto es, la cámara sigue a un personaje hasta que, al encontrarse con otro, decide seguir a este última abandonando al primero. Hemos hablado mucho en las crónicas de estos días, especialmente en las primeras jornadas, de la rotundidad y firmeza de muchas de las películas vistas en el festival, acaso las mejores, como si los difusos tiempos del no-relato de Gus Van Sant hubieran dado paso a la necesidad de componer películas a las que no les tiemble la mano. Es de agradecer la diversidad, y por ello My Joy se esperaba como una opción de ver un relato distinto, que transitara por las costuras del argumento y los personajes. Formalmente, nos encontramos ciertametne eso:  cámara en mano que sigue a los personajes en sus andanzas en las que no pasa nada hasta que la violencia, siempre latente, estalla. Cuando eso ocurre, Loznitsa salta a otro personaje, y así poco a poco compone un fresco de una Rusia corroída hasta sus carreteras más secundarias por el egoísmo salvaje. No obstante, la sutileza de sus bellas imágenes compuestas por paisajes casi vírgenes y rostros con el Tiempo reflejado en los ojos revelan su impostura cuando destilan una conclusión tan simple como la de que todo humano que se mueve por Rusia es un animal remedado que pisa a quien sea para lograr sus objetivos, y ay del que no haga lo mismo porque no durará ni dos días en esa tierra. Una cierta decepción nos invade al ver que forma y fondo se traicionan simultáneamente y hacen que My Joy que, por momentos, los más dignos y humanistas, es una gran película (el cuento del vagabundo o el plano secuencia de la gente del mercado son los mejores ejemplos) se quede en eso, en grandes momentos aislados.

Los rostros de la crudeza.

3 Responses to “Sitges 2010 (5) – ‘I saw the Devil’, ‘The Famous and the Dead’, ‘Detective Dee and The Mistery of Phantom Flame’, ‘Vanishing on 7th Street’, ‘Colony’ y ‘My Joy’”


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