Sitges 2010 (7) – Palmarés alternativo y ‘Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives’

Mejor tarde que nunca, aquí está el cierre de la cobertura del Festival de Sitges 2010, fenecido hace ya dos semanas y con unas conclusiones sobre el estado del género fantástico más sugerentes y abiertas si cabe que las del año pasado: en buena parte de las mejores películas del festival, el fantástico no es tanto la esencia de las mismas como un tono, una gramática o una estética. Sólo hace falta ver The Famous and the Dead (Esmir Filho, 2010), Somos lo que hay (Jorge Michel Grau, 2010), I saw the devil (Kim Jee-won, 2010) o Catfish (Ariel Schulman y Henry Joost, 2010) para comprobarlo. Por contra, propuestas con una acepción del fantástico como The Door (Anno Saul, 2010) o Vanishing on 7th Street (Brad Anderson), aún siendo estimables, especialmente el film de Anderson, carecían de un riesgo y una capacidad de sorprender y hacer sentir que sí poseen las otras obras citadas. Sólo dos directores consagrados, el maestro John Carpenter y un James Wan que da la sensación que se va a ganar el título de “director de culto”, han sabido orquestrar dos películas (The Ward e Insidious, respectivamente) que, al invocar sin pudor sus referentes, devienen film fantásticos en el sentido clásico del término y consiguen actualizar y dotar de unas ciertas bases (agresividad, concisión, claridad expositiva o paranoia son algunas de ellas) a un género que el año pasado dio muestras de estar diluyéndose como tal. En el palmarés oficial de Sitges 2010 nada de esto, que no deja de ser una teoría potencialmente fallida, claro está, estuvo reflejado, y se premió más un cine fantástico ya conocido y susceptible de ser explotado convenientemente en las carteleras (mitos como Papá Noel o los vampiros a los que se revierte para situarlos en una contemporaneidad de la que pretenden ofrecer determinadas lecturas sociales) que las auténticas películas proa. Así, ‘Film Chronicles’ propone este palmarés alternativo, confeccionado teniendo en cuentas todas las películas vistas en el festival, sin discriminar tal o cual sección:

Palmarés Alternativo ‘Film Chronicles’ del Festival de Sitges 2010

– Mejor Película: Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives (Long Boonmee Raleuk Chat, Apichatpong Weerasethakul, 2010)

– Premio Especial: Outrage (Autoreiji, Takeshi Kitano, 2010)

– Mejor Dirección: John Carpenter por The Ward (John Carpenter, 2010)
– Mención especial: James Wan por Insidious (James Wan, 2010)

– Mejor Actor: Henrique Larre por The Famous and The Dead (Os Famosos e Os Duendes da Morte, Esmir Filho, 2010)

– Mejor Actriz: Carmen Beato por Somos lo que hay (Jorge Michel Grau, 2010)

– Mejor Guión: Park Hoon-jung por I Saw the Devil (Akmareul boattda, Kim Jee-won, 2010)

– Mejor Montaje: Zac Stuart-Pontier por Catfish (Ariel Schulman y Henry Joost, 2010)

– Mejor Fotografía: David M. Brewer por Insidious

– Mejor Banda Sonora: Keiichi Suzuki por Outrage

– Mejor Sonido: Akritchalerm Kalayanamitr por Uncle Boonme Who Can Recall His Past Lives

– Mejores Efectos Especiales: Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives

– Mejores Efectos de Maquillaje: Achawan Pupawan por Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives

– Mejor Diseño de Producción: Paul Peters por The Ward

Un cine fantástico sin límites (o un final alternativo para 'El desprecio' de Godard). Foto: Jordi Sarle

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La muerte del conflicto

Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives (Long Boonmee Raleuk Chat, Apichatpong Weerasethakul, 2010)

Como muy bien apunta Manuel Ortega en su reseña del film ganador de la Palma de Oro del pasado Festival de Cannes, “uno nunca no sabe muy bien si está preparado para ver la mejor película de la historia”. Con las entusiastísimas opiniones vertidas en el certamen francés sobre la última obra del tailandés Apichatpong Weerasethakul rondándome por la cabeza (algunas hablaban efectivamente, de la mejor película jamás hecha), acudí la mañana del viernes 15 de octubre de 2010 a ver Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives (Uncle Boonmee… a partir de ahora), nervioso como pocas veces había estado antes de entrar en un cine. Hago una elipsis para transmitir tal cual el sentimiento que tuve al salir de la sala: un incómodo desconcierto. Se supone que las grandes películas, las obras de arte mayores, son aquellas que comienzan con un impacto que agarra al espectador y que discurren por los terrenos del conficto moral, del personaje identificador, de la duda, del enfrentamiento, de la grandeza, de la redención, del cambiar el mundo a través del celuloide… En definitiva, una obra maestra no sólo debe serlo sino también parecerlo. El problema es que Uncle Boonmee… no parece eso, es una obra tremendamente amable y fluida, divertida y ligera, bella en el sentido clásico, bondadosa, hecha de paseos y paisajes, de exhuberante naturaleza, de cuentos tradicionales, de una muerte que no supone un trauma sino un sinfín de nuevos mundos y nuevas vidas. Recuerdo que este verano estuve en el Centro de Arte Reina Sofía de Madrid y me acerqué al Guernica de Picasso con una actitud cercana a lo espiritual, preparándome para el momento, dilatando la espera… Al girarme y toparme con el inmenso lienzo, sentí vértigo y una impresión colosal; recorriéndolo con la vista, sinceramente, ese cuadro estremece y pone los pelos de punta: no sólo es una obra maestra, es que lo parece, en este caso sin atisbo de impostura ninguna. Unos días después, visité el Museo del Prado y el ritual mitómano se repitió con Las Meninas de Velázquez, pero al chocarme con la pintura todo fue diferente: no me enfrenté a ella, no sentí shock alguno, no parecía realmente uno de los mejores cuadros de la Historia, que se dice pronto. Pero algo me retenía allí, observando el lienzo, su cálida iluminación, su pintoresca galería de personajes, su juego de espejos, su insondable profundidad, el espacio negro superior, las serenas miradas que devolvían la mía. Una media hora estuve allí mirando, de lejos y de cerca, perdiéndome en la obra de Velázquez, en ese plano general que es retrato real de la corte y dislocación del punto de vista a un tiempo, en sus juguetonas pinceladas, en sus luces y sus sombras… Las Meninas es un lienzo agradable de mirar, bondadoso, sereno y feliz, un poner en pintura un momento concreto, unas vidas, sin ponerlas en discusión pero tampoco sin ocultar nada, una reproducción del mundo pero también un mundo en sí mismo, tan propio y denso como popular y mundano, y por ello es una de las más altas cotas de la Historia del Arte, porque no hacen falta argumentos fanáticos para defenderlo más que el propio cuadro por un lado, y ojos para verlo y sensibilidad para disfrutarlo por el otro.

Una obra maestra tan amable que no parece tal.

Uncle Boonmee…, pues, es más ‘velazqueña’ que ‘picassiana’ en este sentido, pues su innovación no proviene de un tratamiento manifiestamente innovador de la realidad para ofrecer una versión de ésta, sino que propone un retrato de un determinado mundo sin variarlo, profundizando en él con tanta honestidad y transparencia, convocando en el retrato todos los elementos que conforman esa realidad, que no cabe sino perderse en su contemplación, disfrutar de esa estancia en ese lugar inexplorado y sinuoso y, como dijo el presidente del jurado que otorgó la Palma de Oro al film de Apichatpong, Tim Burton, dejar que la película “se quede con nosotros”. Ese mundo desconocido es el noroeste de Tailandia donde creció el director, una región poco civilizada y selvática en su mayor parte. Pero no es sólo eso: allí también se cuentan leyendas milenarias sobre princesas que ansían recuperar su belleza o sobre los múltiples espíritus que vagan por la jungla. Allí la gente cree en la transmigración de almas, algo así como una perpetua reencarnación en la que uno puede ser humano en una vida, buey en la siguiente y espíritu en alguna otra. Lugar físico y lugar cultural/espiritual, pero también lugar histórico: allí han tenido lugar enfrentamientos militares con consecuencias horribles para la población, que vive en una pobreza importante. Y lugar vital para el director: allí creció pero también se empezó a formar cinematográficamente, viendo seriales tailandeses de época, por ejemplo, y también allí se ha desarrollado buena parte de una filmografía que va tomando una entereza y coherencia admirables y difíciles de igualar hoy en día. Todo este substrato, este humus podríamos decir, es la base que Apichatpong pone en escena sin tructo ni cartón, casi sin trama o argumento, pues esta es sin duda una obra básica en la misma naturaleza de sus imágenes, preñadas de significados y sentidos pero sencillas y primitivas al mismo tiempo.

Lugar físico, cultural, espiritual, cinematográfico...

Y es que lo que más sorprende de Uncle Boonmee… es como lo cósmico y lo natural, lo abstracto y lo concreto, el espíritu y el cuerpo, el misterio y lo tangible conviven felizmente en un mismo plano sin que nada sea contradictorio o chocante, sin que en ningún momento uno de los elementos intente excluir a su opuesto, llegando a fundirse literalmente en diversos momentos de la película, como en los planos del agua del estanque o los de la cueva. La última obra de Apichatpong mata al conflicto para abrir las puertas de un nuevo cine que no necesita de la exhibición del dolor o la confrontación, que no opone la imagen del bien contra la imagen del mal sino que entiende que el mundo está formado por ambas ideas y que para combatir al segundo primero hay que intentar comprenderlo. Uncle Boonmee… es también pues un cine de la paz, en el que la misma muerte que está a punto de venir a visitar al protagonista no es vista tanto como un fin sino como un renacimiento. De nuevo se borran las fronteras que han hecho del cine un arte que, gracias al montaje, se ha dedicado en muchos momentos de su Historia a confrontar imágenes fabricadas en vez de retratar las que ya había y profundizar en ellas. Como ya se ha dicho desde su pase en Cannes, es muy difícil hablar con rigor de una película que rehuye el rigor y que apuesta por la libertad y el conocimiento de uno mismo (de su cultura, de su Historia, de sus gentes) como mecanismo para proponer un cine misterioso y sensual, físico y etéreo, que anclándose en un pasado atávico sea también futurista en su condición de epílogo de un mundo y albor de otro. Como le ocurre al propio tío Boonmee, protagonista del film, del que se nos muestra el brevísimo tiempo en el que tiene un pie en este mundo y el otro un lugar distinto, Uncle Boonmee… es un film que es muerte y nacimiento a un tiempo, y eso es algo tan milagroso como natural.

Una recomendación final para cerrar la cobertura del Sitges 2010: sin ningún atisbo de fanatismo irracional y lleno de una ilusión entre infantil y mágica creo honestamente que esta película es un regalo, un acto de amor y bondad no de un iluminado sino de un hombre. Por ello cuando se estrene Uncle Boonmee… el día 26 de noviembre, desde ‘Film Chronicles’ os recomiendo que no dudéis en ir a verla y perderos en la selva.

Los misterios de la luz y la oscuridad.

1 Response to “Sitges 2010 (7) – Palmarés alternativo y ‘Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives’”



  1. 1 Una constelación – ‘Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas’ « Film Chronicles Trackback en 05/12/2010 a las 14:03

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