Los turbios ríos de la nueva entelequia – ‘La red social’

La red social (The Social Network, David Fincher, 2010)

Dicen los rumores que Mark Zuckerberg, el real, el inventor de Facebook, salió de ver su propio biopic, dirigido por David Fincher, con un enojo considerable. Viendo La red social, no es de extrañar, y eso que un servidor piensa que la realidad pudo ser bastante más cruda que la narrada en el film. Lo que sí es de extrañar es que haya podido ver la luz una cinta (comercial y muy taquillera, ojo) que supone el más elegante y descarnado torpedo a la línea de flotación del capitalismo mediático del siglo XXI visto en el cine norteamericano contemporáneo, y que encima proviene un sistema de producción que tiene bastante que ver con la filosofía ecónomico-vital mencionada: Hollywood. Ya en La habitación del pánico (David Fincher, 2002), el director de Denver ponía en jaque la eficiencia de la obsesión por la seguridad post 11-S. Ya en Zodiac (ídem, 2007), Fincher radiografiaba un estado social en perpetua paranoia y miedo por culpa de un espectro. Ya en El curioso caso de Benjamin Button (ídem, 2008), Fincher sometía a una extrañada revisión a la Historia de su país bordeando sus márgenes. No obstante, esta especie de deconstrucción en búsqueda de la esencia de una sociedad por la vída de la austeridad formal (un nuevo (hiper)realismo) podía ser tolerada por el sistema al tratarse esos films de meras ficciones o de retratos de algo acaecido tiempo atrás. Tras El curioso caso de Benjamin Button, sin embargo, Fincher había llegado al extremo en su intento de narrar una época (un siglo nada menos) a través de sus fragmentos (¿acaso es posible lo contrario?) en una película tan modesta e íntima como descomunal. La ficción elementalizada había llegado a su límite y cabía imponer una nueva lógica. Ya no valían coartadas ‘fitzgeraldianas’ para hablar de la Crisis, tocaba tratarla en tiempo real, con nombres y apellidos, y sin duda Facebook es un signo de los tiempos, como también lo es el relato de su Historia (en mayúsculas por real).

Un 'biopic' cuyos intérpretes tiene la misma edad que los personajes reales.

Los rostros del capitalismo mediático

Lejos de plegarse a las exigencias que podrían haberse impuesto al tratarse La red social de un biopic de alguien que cuenta actualmente con sólo 26 años y una fortuna inmensa, Fincher y el guionista Aaron Sorkin han optado por hacer una película de pristina claridad explicativa, que hace de lo contado algo apasionante, de lo más enriquecedor para el bagaje cultural del espectador, y que a su término se revela como algo tremendamente inquietante. La excelsa primera escena es una buena prueba de ambas cosas: el hombre (¡el adolescente entonces!) que creará la red social más importante del mundo está en un bar con su novia, a la que avasalla a preguntas y reflexiones para acabar provocando involuntariamente que ella lo deje al mostrarse Zuckerberg como un ambicioso arribista, por decirlo de algún modo, o un gilipollas, por decirlo como lo dice ella. Más allá del torrencial diálogo que ambos mantienen, y que nos desvela de forma realista pero nada impostada muchas cosas de Zuckerberg y su extraña personalidad, lo sorprendente es el envoltorio visual y estructural de la escena: planos muy oscurecidos, borrosos, brumosos, que se repetirán a lo largo de todo el metraje otorgándole un tono turbio, acorde con lo que se explica, una trama oculta y ocultada que contraviene todas las supuestas invenciones de Facebook, acompañada en todo momento por la ‘carpenteriana’ banda sonora de Trent Reznor, un fluido zumbido que da a las imágenes potente densidad (psicológica). Por otro lado, una planificación basada en el primer plano, en el rostro que mira y habla, que sentencia, que postula y divaga, que ataca y se defiende, y por tanto una película de actores, con un Jesse Eisenberg que hace de Zuckerberg un encogido paranoico, brillante y villano, de motivaciones inocentemente mefistofélicas y un Andrew Garfield, que incorpora al cofundador de Facebook Eduardo Saverin, que dibuja en su rostro la progresiva incomprensión ante los nuevos tiempos, los del genio en chanclas y bata ante el capitalista tradicional de traje y corbata. En este sentido, La red social es una cinta de toma y daca, de planos y contraplanos encadenados a un ritmo veloz pero no vertiginoso, de sofisticada elegancia: un screwball drama hablando en términos ‘hawksianos’.

La textura digital, uno de los grandes caballos de batalla del Fincher sereno de los últimos años, ya no sirve para dotar de entidad física y matérica a los escenarios, como ocurría en Zodiac o El curioso caso de Benjamin Button, películas imposibles de entender sin la dimensión del lugar. Aquí, ésta es utilizada para dar a los personajes una cercanía asombrosa, reforzada por la ingente cantidad de primeros planos de los mismos (puestos ante la cámara como bustos parlantes de un documental), que choca con la distancia que toman al estar envueltos en una fría penumbra de tonos cálidamente melancólicos (azules grisáceos, marrones amarillentos…) y al multiplicarse los puntos de vista desde los que se construye la película, recurso narrativo plenamente justificado y coherente, puesto que una historia como la de Facebook sólo puede ser contada mediante fragmentos unidos a modo de hipervínculos que, al encadenarse, causan la (¿falsa?) impresión de ser un todo sólido. La red social, pues, es un film didáctico por contenido y exposición pero cruelmente crítico en su puesta en escena y estructura, ya que muestra con una frontalidad tan pasmosa como sutil y antienfática, nada optimista, como los nuevos amos del mundo son jovenzuelos deshumanizados que devoran a sus supuestos amigos cuando éstos avanzan más que ellos. Y ahí entra en juego Facebook como cúspide del capitalismo mediático etéreo y misterioso, difícil de identificar con un rostro claro. Por lo tanto, la última obra de David Fincher, y esto es un mérito conjunto del guionista Sorkin, es una película muy importante porque pone sobre la mesa y juzga, sin tapujos ni vacilaciones pero con una sinuosidad de corte clásico, el papel que un determinado sistema (educacional, político, económico, moral) desempeña en la visión y acción que el individuo posee y ejerce en relación a sí mismo y los demás.

'La red social' como documental ficcionado de bustos parlantes.

Una historia de vampiros

La mayoría de grandes películas son, de un modo u otro, películas de vampiros, y La red social no es una excepción. De hecho, Zuckerberg se pasa buena parte del metraje encerrado en oscuras habitaciones y a cobijo de la luz solar, como en las exagerada y artificialmente iluminadas oficinas de Facebook que aparecen al final del film. Su drama es el de un tipo brillante que no soporta pero tampoco busca salir de su soledad, y que crea una bestial comunidad virtual por razones que basculan entre la recuperación de su propia humanidad y unas ansias mesiánicas de revolucionar las relaciones interpersonales y perfeccionarlas; a su entender, poner una pantalla enmedio y funcionar a base de etiquetas para definirnos: una nueva entelequia, un verdadero escaparate emocional e identitario del que Zuckerberg es el presidente y primer cliente. En ese viaje hacia la rehumanización, el informático se aprovecha sin ningún tipo de remordimientos de las ideas o capacidades de cuantos le rodean de un modo más naïf que malicioso, chupando inconscientemente la sangre de los demás hasta reducirlos a simples demandantes (no parece casual que a medida que avanza el relato, Saverin vaya adoptando vestimentas  más oscuras y formales, como si realmente estuviera vampirizándose, véase la foto superior). Pero Zuckerberg no es el único vampiro de la cinta: están Sean Parker, creador de Napster, pero también los hermanos Winklevoss, demandantes contra Zuckerberg, los financieros que invierten en Facebook, etc.  El mal, por tanto, ya no está tan claro como en Zodiac o Se7en (David Fincher, 1995), sino que se ha vuelto ingenioso e irresponsable, se ha instalado en la élite gobernante sin que nadie, nadie, se dé cuenta y es tan poco consciente de su condición diabólica que inspira tristeza y terror a un tiempo. Y eso es muy poco tranquilizador: David Fincher está en plena forma.

Los alegres tejemanejes de la nueva élite.

Los alegres tejemanejes de la nueva élite.

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