Del ensayo al remake – ‘Copia certificada’

Copia certificada (Copie conforme, Abbas Kiarostami, 2010)

Lo mejor es empezar reconociendo dos verdades, quizás las dos únicas, que laten en Copia certificada, la última obra del Abbas Kiarosatami, un director cuya obra aún no me es familiar: una es Te querré siempre (Viaggio in Italia, Roberto Rossellini, 1954) y la otra es el misterioso momento del film del iraní que parte la película en dos. Intentaré hablar de esta inasible propuesta siguiendo estas dos líneas, Rossellini y el misterio. También había algo de inexplicable en la película de Rossellini, pues la pareja de ingleses protagonista, casada desde hacía años y en crisis, veía como su matrimonio hacía aguas a cada paso que daban a pesar de que no cesaban de recibir muestras de amor eterno desde el exterior, como el la celebérrima escena de la exhumación de los amantes de Pompeya. Al final, no obstante, inesperadamente, surgía un milagro particular (el repentino renacimiento del amor) dentro del milagro general que sobrevenía al pueblo (un paralítico que volvía a andar en plena procesión de Semana Santa). El cineasta italiano daba carpetazo al cine psicologista y de progresión causal y se rendía al hecho que el amor es un misterio y que más vale no mirarlo por encima del hombro. Kiarostami también ha construido su película en torno a una pareja (hedonista, famoso y vanidoso ensayista inglés él y jovial, sencilla, madre soltera y galerista francesa ella), que se conocen sin conocerse de nada en un pequeño pueblo de la Toscana, y un misterio: cuando ambos van a una cafetería y la anciana camarera les confunde con un matrimonio, ella no la desmiente y él le sigue entonces el juego. Dicen llevar 15 años casados pero su unión pasa por horas bajas. Volvamos atrás.

Kiarostami cita a Godard: "No cambiar nada para que todo sea diferente."

Parte 1: Hasta el detonante por la vía del ensayo

Copia certificada empieza con la conferencia dels ensayista inglés James Miller (William Shimell) presentando su libro Copia certificada (primera dualidad del film, esta vez entre títulos), donde defiende que una buena copia es mejor que un mal original. La galerista interpretada por Juliette Binoche (que no tenga nombre no es una casualidad, como veremos) va a la conferencia con un montón de libros para que Miller los firme pero debe irse antes de tiempo a causa de la insistencia de su hijo. Para poder hablar con su admirado escritor, quizá admirado hombre como el hijo de ella sugiere, le ofrece quedar en su galería. Este espacio es subterráneo y oscuro, por lo que Miller le propone salir fuera y entonces ella tiene la idea de llevarle a un pueblo cercano para enseñarle algo relacionado con su libro. A partir de aquí, la película se estructura en diversas conversaciones (en un coche, mientras deambulan por el pueblo, en el museo del mismo…) donde hablan de la noción de copia y original, de por qué el que lo hace primero vale más que el que lo mejora después, e incluso de si existe la verdadera autenticidad: ¿no es cada ser humano una mera reproducción de los anteriores, o no es La Gioconda de Da Vinci un calco pictórico de una mujer real?, se argumentan los protagonistas. Esta primera mitad de Copia certificada es pues una especie de ensayo sobre dicho tema, un anclaje teórico y estético que Kiarostami construye (aquí todo parece fluir cuando en el fondo es pura construcción) para que la segunda parte del film adquiera su potente profundidad y pertinente sentido.

En este primer segmente de la cinta, hay un momento, que no es el único, en que el cineasta iraní desvela, con una sencillez abrumadora, la raíz de la noción que tenemos de objeto artístico, una cuestión esencial para entender las más internas motivaciones de la película: en el trayecto en coche de un pueblo a otro, los protagonistas halban di si lo artístico no es más que una categoría artificial, ya que, por ejemplo, cada uno de los cipreses que bordean la carretara es único y bello pero nadie repara en ello. Kiarostami planifica la conversación orientando la cámara hacia los rostros de los actores. Al cabo de unos minutos de charla, hay un corte en la imagen pero no en el sonido: vemos entonces el contraplano de la conversación, lo que ve la pareja, el bellísimo paisaje de la campiña Toscana. Dura muy pocos segundos, pero precisamente esa es la clave pare entender Copia certificada; tras asentar la teoría por boca de los personajes, el director la pone en práctica y el resultado es evidente: si hubiera ido alternando ambos planos durante la escena, ninguna hubiera resaltado ni adquirido sentido, pero al colocar la brevísima imagen del paisaje tras haber dilatado la espera en el interior del coche hasta el extremo, consigue destilar la esencia de ese entorno: aire, calidez, belleza, paraíso. La intención artística de la mirada, pues, cambia y falsea la realidad, pero también la muestra más transparente que nunca, tenemos la sensación de ver la Toscana por vez primera, en auténticas 3 dimensiones. Por esto mismo la pareja de Copia certificada no puede ser un matrimonio naturalista sino que deben fingir serlo de forma súbita, porque la mirada artística de Kiarostami lo requiere con tal de poder hacer evidentes y palpables los caminos del amor, a priori inescrutables, pero también distanciarse lo suficiente para no llevar a engaño a nadie: el cine no es la realidad sino su elaborada y intencional reconstrucción. Si Copia certificada hubiera comenzado tras la misteriosa elipsis de la cafetería, con una crisis de un “verdadero” matrimonio, tendríamos una sugerente pero hueca película. Gracias al imperceptible abismo entre ambas partes, la última obra del cineasta iraní es una muy lúcida reflexión sobre la capacidad de engaño, supuesta originalidad y verosimilitud del cine, pero también una apasionante historia de (des)amor(es).

Un film-ensayo por la vía de la palabra: la antesala de la acción.

Parte 2: Hasta el origen o el final por la vía del paseo

Tras la misteriosa elipsis, tras la irrupción de la pura y dura ficción (interna y estructural) tras lo hasta ese momento realista, la película da un vuelco de 180º, y eso queda reflejado en la primera conversación de la pareja: ella recrimina a Miller que siempre está trabajando y que no se ocupa nunca de su hijo. Como si de Apichatpong se tratara, no debemos ver esta segunda parte de Copia certificada sólo como una continuación de lo anterior, sino como lo que es: una alteración, una nuevo película, el remake de Te querré siempre. La obra maestra de Rossellini hablaba de cómo, de si se podía de hecho, recuperar el amor cuando este había muerto, ahogado por el individualismo y valores diluidos de la vida moderna; o mejor dicho, de si esta resurrección dependía de la voluntad y el esfuerzo humanos o era de otro orden, místico. En Copia certificada Kiarostami va más allá y se pregunta si acaso actualmente el amor debe entenderse como algo único y eterno o si en el fondo está condenado a los ciclos de muerte y resurrección propuestos por Rossellini y, sobretodo, a una curiosa idea de repetición inconsciente. ¿Son todas las parejas iguales? ¿Pueden escapar a determinados rituales? Para indagar en estas cuestiones, Kiarostami orquesta un elaboradísimo dispositivo ficcional, falsamente sencillo y realista, que, al desarrollarse, va echando raíces y volviéndose auténtico: poco a poco Shimell y Binoche van tornándose en el matrimonio Joyce de Rossellini. Está la trattoria que había en el film italiano, y la contemplación de la pareja eternamente conservada, en este caso a través del arte (mediante la nada arbitraria contemplación de una estatua), y el encuentro con el pueblo en plena festividad, incluso está el milagro del retorno del amor, en este caso más fragmentado y diluido que en Te querré siempre, pero bello, cierto y emotivo igualmente, como el momento en que Miller le pone a ella la mano en el hombro tras la escena de la estatua (que, dicho sea de paso, posee una iluminación asombrosa). Poco a poco, Kiarostami hace buena la teoría del libro de su protagonista, y este matrimonio inventado, copia de todos los matrimonios habidos y por haber, es capaz de resumir en un único día, emocional e intelectualmente, todas las fases del amor y, gracias a las capacidad interpretativas de los dos protagonistas (Shimell demuestra un uso de la dicción y el posturismo escénico propios del cantante de ópera que es, y Binoche asombra por su capacidad camaleónica para cambiar de registro de forma tan abrupta, y por tanto fingida, como profunda en una película rodada en tan sólo ¡25 días!), consigue que cada una de ellas parezca auténtica, original, mejor que las de tantas y tantas parejas retratadas en la Historia del Cine partiendo desde 0.

Curiosamente, al final del trayecto, un viaje causado por el tiempo libre del ensayista antes de volver a su país natal, que ha sido lineal temporal, espacial y escenográficamente (es decir, un final real, no como el de por ejemplo Memento (Christopher Nolan, 2000), es cuando Copia certificada llega al origen de todo, a la noche de bodas. El tiempo entendido como pasado o futuro se diluye y sólo queda el presente, el seguir inventando, o quizás el recordar aquel amor primigenio imposible de recuperar pero no de recrear, en la hermosa penumbra de una pequeña habitación que anuncia, con las campanas de Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958) y el encuadre metacinematográfico final de Centauros del desierto (The Searchers, John Ford, 1956), que la función (no) debe acabar, que no queda nada más por contar porque hemos llegado a un origen/final, a un reflejo de infinitas capas, sin una solución de continuidad que no pase por la vía de la copia certificada ante la que Kiarostami nos ha situado durante 106 minutos. Quizás debamos dejar que el viejo arte, como vaticinó Orson Welles en la escena de Chartres de la visionaria Fraude (F for Fake, Orson Welles, 1973), por fin muera. Son tiempos de cambio…

A medida que avanza la ficción, se vuelve más real y fingida a la vez.

3 Responses to “Del ensayo al remake – ‘Copia certificada’”


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