Diálogo (sobre)natural – ‘Más allá de la vida’

Como desglosé en el análisis de Gran Torino (Clint Eastwood, 2008) publicado en este mismo blog hace ya casi 2 años, Clint Eastwood ha tratado con los muertos durante toda su filmografía como director, destinada en los últimos años a (de)construir algo así como una nueva identidad nacional basada en la actualización de ciertos valores como la dignidad del ser, la humildad, el respeto, la honestidad o la integridad. Invictus (Clint Eastwood, 2009) culminaba este proceso en lo que era un film con dos caras: una espectacular, expansiva y triunfal (el rugby, el retrato público de Mandela), y la otra intimista, sosegada, dolorosa incluso, profundamente conmovedora (la magnífica escena de la celda, entre otras). Afortunadamente, si hay algo que caracteriza la filmografía reciente de Eastwood es el hecho que todas sus películas tienen algo de la segunda vertiente pero las mejores no tienen nada de la primera, y por lo tanto son intimistas, sosegadas, dolorosas y conmovedoras. Digo “afortunadamente” porque el veterano maestro consigue dotar de una hondura muy superior a sus producciones modestas que no a sus películas grandes: el díptico de Iwo Jima es la mejor prueba de ello, perteneciendo la perspectiva americana al primer grupo y la nipona al segundo. Tras Invictus, como decía, es probable que el director de San Francisco no tuviera nada más que añadir a su discurso político claramente progresista nacido con Deuda de sangre (Clint Eastwood, 2002), y posiblemente esta falta de ataduras, por decirlo de algún modo, es la que provoca que Más allá de la vida sea una obra tan difícil de analizar a causa de su condición de palimpsesto. Eastwood ha reescrito su estilo respetándolo a rajatabla.

Más allá de la vida, un film que habla sobre la muerte, comienza con una escena que, a priori, nadie diría que Eastwood hubiera filmado jamás: el tsunami que arrasó el sudeste asiático en 2004. No parece baladí la eleción de este suceso trágico para abrir la película, pues es el fenómeno natural del siglo XXI que ha provocado más muertos a nivel mundial, lo que le da un carácter atávico y primitivo perfectamente acorde con una obra que se percibe como un comienzo, y que a nivel argumental también empieza como tal, ya que la periodista francesa que está muerta durante unos minutos  tras haber sido engullida por las aguas vuelve a la vida inesperadamente, lo que provoca sus posteriores contactos con el más allá. Esta escena ya dota al resto del film de oscuridad, pues los espectros sobrevuelan todo el metraje, pero la maestría tonal de Eastwood consigue que la película se aleje totalmente de un film de fantasmas y, por el contrario, se alinee claramente con los vivos, con el más acá. La segunda escena es definitiva al marcar todos los aspectos cinematográficos de la película: George (Matt Damon, que tranpira en esta cinta una bondad y una fragilidad espeluznantes) es una parapsicólogo harto de convivir con la muerte mediante visiones y diálogos con los fallecidos, pero accede a hacer un favor al socio de su hermano, que quiere contactar con su esposa muerta. La secuencia asombra porque a través de un naturalismo elemental consigue tocar esferas emotivas de calado superior: la planificación en plano contraplano, el ritmo tranquilo, la fotografía (clar)oscura de Tom Stern, casi grisácea, la susurrante y quebrada voz de George transmitiéndole al hombre lo que su mujer le dice… Y milagro: el diálogo entre dos hombres, que cinematográficamente es sólo un diálogo entre dos hombres (ya que la película no abandona sus rostros alternándose), consigue transformarse, al obrar George como canal entre el viudo y su esposa, en un torrente de emociones puras, vitalísimas, por el que transitan la culpa, el amor, el perdón, la añoranza, etc. Más allá de la vida asombra tanto porque en ella los muertos y los vivos cohabitan sobre lo natural, lo filmable, convirtiéndose entonces el más allá en una dimensión existente y perceptible, en forma de ritmo y atmósfera del film, pero invisible, por lo tanto infilmable, y en la que el director, la cámara, no tienen derecho a inmiscuirse más que retratando, con cuentagotas, lo que la mayoría de personas que han vivido experiencias cercanas a la muerte cuenta, por lo que cualquier acusación simplista hacia la película queda fuera de lugar, ya que pocas veces el cine se había atrevido a hablar del fin de la vida con la sutileza, la amargura y la desnudez y rigor emocionales con las que lo hace Más allá de la vida. Al tratarse pues la última obra de Eastwood de una película que habla de la muerte sin despegarse nunca de los vivos, y que por tanto consigue poner en relación y decir cosas de ambos con la necesaria humildad y calma, la cinta deviene en renovación del estilo ‘eastwoodiano’: aquí ya no tiene cabida una pugna entre los grandes temas y los pequeños gestos (piedra angular de las mejores obras recientes de Eastwood: las amargas y sacrificatorias Millon Dollar Baby (2004) y Gran Torino), sino, como demuestra la desgarradora y a la vez sanadora escena entre George y el niño, un conmovedor y auténtico diálogo.

1 Response to “Diálogo (sobre)natural – ‘Más allá de la vida’”


  1. 1 Esperanza 07/12/2012 a las 05:37

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