Sitges 2012 (1): Lo imposible

Dicen que este año, dentro de unos meses, se acabó lo que se daba. Que todos estaremos muertos. Eso da más miedo que hablar del fin del mundo. El fin del mundo es un fenómeno, cuya consecuencia es definitiva: todos moriremos. A la vez. A los que llevamos años frecuentando Sitges los primeros días de octubre, pocas cosas nos impresionan, como dice el cómplice anuncio del festival, aunque dudo que la certeza del fin, de nuestra extinción conjunta, nos dejara impasibles. El póster del festival, la icónica iglesia de Sitges grabada con un iPhone semi-derruida tras el Apocalipsis, nos habla de una imagen imposible registrada por una mirada singular y única, personal e hiperrealista. Negación de la puesta en escena, mera captura de lo irreal.

holy motors

Sitges es un certamen donde lo difícil de creer no solamente no es expulsado sino que es bienvenido, abrazado con gusto y jaleado con euforia. En esa querencia cabe emplazar la decisión de su temática, como si la imagen del cartel no fuera un exorcismo del fantasma colectivo del fin de los tiempos sino casi una llamada a lo imposible, al cambio radical. Por ello tiene tanto sentido programar Holy Motors (íd., Léos Carax, 2012) el segundo día del festival, porque posiblemente el film francés es uno de los más difíciles de creer de todo el año, a todos los niveles. Se dice que este año en Cannes, la batalla final por la Palma de Oro la libraron Carax y Michael Haneke, quien finalmente se llevó el gato al agua gracias a que, según rumores, Nanni Moretti no soportaba la cinta protagonizada por un múltiple Denis Lavant. Holy Motors practica una lógica interna absolutamente alejada de todo lo que actualmente conocemos como sistema. En este mundo tan asible (he estado en París este verano, y juro por Dios que he estado en París de nuevo gracias a esta película), el engranaje que lo rige, los motores que lo impulsan, están rellenos de un combustible y unas revoluciones apartadas de toda preocupación inmediata, como si Carax quisiera hacer estallar la realidad no a base de bombas sino de sueños hechos realidad, paradójicamente. Holy Motors es un día en la vida de un hombre que transforma su identidad, su apariencia y esencia, a un ritmo vertiginoso, sin que nunca sepamos muy bien por qué, si eso es un trabajo o es que este tío no es de este mundo, pero al final tenemos la sensación que esta presencia a un tiempo que a cada segundo ya está cambiado a otro yo es una pieza indispensable para que el andamio de lo real se sostenga. El sistema, nuestro sistema, se demuestra entonces tan colapsado y abarrotado, imposible, en sus bases, las personas, como perfectamente engrasado en su funcionamiento, voraz y cambiante, siempre moviéndose para adaptarse a cualquier situación. ¿Qué queda entonces? La belleza del gesto, se dice en la que es la frase de la película y seguramente la gran esperanza del cine y todos los trabajos honrados actualmente. Aprendamos a coger teléfonos, a responder preguntas, a arreglar ordenadores, a editar escritos, a contar dinero, a tratar a los demás, con la misma belleza con la que Carax encuadra a Kylie Minogue, eleva la cámara por encima de su cabeza, muestra el París post-Sarkozy, una ciudad que tiempo atrás pareció imposible, tanto como que los banqueros se vuelvan mendigos. En el mundo de Holy Motors, os aseguro que no lo es.

También The Conspiracy (íd., Christopher MacBride, 2012) juega a hacernos saltar hacia lo increíble. Durante la presentación del film, incluido en la sección Noves Visions Documental, el director negó rotundamente que éste fuera un documental (incluso se sorprendió por su inclusión en dicha sección) y reveló entonces que todo era pura ficción. Si uno contempla la primera parte de la cinta, es verdaderamente difícil de detectar el engaño, pues las formas adoptadas son básicamente las de un documental de bustos parlantes con algo de cámara en mano en exteriores. Básicamente esta primera parte trata sobre un hombre, un tal Terrance, que tiene su casa empapelada con recortes de periódicos conectando las más diversas teorías conspiranoicas. En el film, se nos muestra un supuesto vídeo de Youtube donde Terrance, megáfono en mano, intenta convencer a los transeúntes de sus teorías. Buscando en IMDB posteriormente, encontré que Terrance está interpretado por Alan C. Peterson, con lo que lo único que tenemos es una ficción sobre teorías reales defendidas por personajes irreales. En un momento dado, Terrance desaparece sin dejar rastro, y los dos cineastas que en el film ruedan un documental sobre él se lanzan a la búsqueda del conspiranoico. Y entonces llega lo verdaderamente importante: en su búsqueda, ficticia y escenificada, se topan con la existencia de una organización llamada Tarsus Club, ya detectada por Terrance, y que supuestamente reúne a los hombres más poderosos del mundo cada año para que éstos discutan y cierren acuerdos sobre el estado del mundo. El conspiranoico tenía la creencia que esta organización no tenía otro propósito que el empujar progresivamente el mundo a una globalización unificadora y esclavizadora, al más puro estilo de George Orwell. En otro interesantísimo giro, los dos documentalistas se internan en el Tarsus Club con cámaras ocultas y entonces el film se transforma en una excelsa y minimalista pieza de suspense y tensión que, bajo las formas de lo pobre y el found footage, es capaz de helar la sangre al más valiente. La semilla sembrada por la conspiración, por la sospecha de que la en principio imposible vileza de nuestro sistema no sea más que una fachada, sirve para que la ficción provoque un terror de índole argumental y visual, pero sobretodo social. ¿Y si es verdad aquello de que no somos libres? ¿Y si estamos todos muertos? En The Conspiracy, no obstante, hay una verdad incontestable, quizá su única verdad, y también por ello la más inquietante: el Tarsus Club existe, su página web existe, y sus supuestos objetivos son los descritos en el film. Aquí la tenéis, una web que da cuenta de un estar pero no de un ser, es un verdadero muro para el curioso, vacío de información, vacío de verdad, sumamente amenazante: http://www.tarsusclub.com/.

tarsus

Y de un documental que no lo es pese a poner sobre la mesa una verdad de lo más misteriosa, a otro que fundamenta su existencia en la percepción subjetiva del espectador para espetar extrañas líneas de lectura sobre unas imágenes que siempre parecieron agresivas y amenazantes. Room 237 (íd., Rodney Ascher, 2012), ya conocido por todos como ‘el documental sobre El Resplandor (The Shining, Stanley Kubrick, 1980) es un torbellino interminable de teorías sobre el feroz film de Kubrick. Uno de los mejores ejemplos de hasta dónde llega el asunto: cuando Danny ve por primera vez a las gemelas en la sala de juegos, a la izquierda de las niñas hay el poster de un esquiador del que vemos su negra silueta; según una de las teorías, no es un esquiador sino un minotauro a causa de sus piernas encorvadas que, es cierto, hacen pensar en el ser mitológico, lo que simbolizaría, por un lado, el laberinto que es la película y, por el otro, el monstruo al que debe enfrentarse Danny para madurar, su padre. Y así las hay de mucho más rebuscadas, llegando a implicar a los nazis, los colonizadores e incluso una diseminación de pistas sobre la falsedad del viaje a la luna. La importancia de Room 237 radica en el hecho que es un documental que se dedica a partir de una realidad, el film de Kubrick, para desarrollar una serie de eventuales imposibles que sólo son verdades incontestables en los ojos de quienes las enuncian, como en aquel delirante momento en el que uno de los entrevistados asegura que en las nubes del comienzo de El Resplandor se vislumbra el rostro de Kubrick. ¿Hemos llegado a un punto en el que la realidad ha dejado de importar para dar paso al reino de la mirada? Y, si es así, ¿es esto un beneficio al singularizar y democratizar finalmente cada visión o un perjuicio al extender la duda sobre la más nimia de las cosas? Ojo que Descartes dejó de comer un tiempo llevando al extremo esta opinión. Al margen de su mayor o menor importancia cinematográfica, Room 237 debe ser tenida muy en cuenta porque obliga al documental a abandonar el objetivo de generar hipótesis y lanzarse, en un mundo tan pluralizado y accesible, al misterio, con lo que al final todo puede acabar siendo susceptible de ser tildado como ficción. Quizá Sitges siempre fue eso, es eso, una huida de la realidad hacia el conocimiento mayor. Una plegaria por el fin del mundo.

Más allá de los terrenos de lo tangible se sitúa John Dies at the End (íd., Don Coscarelli, 2012), historia de dos chavales que acceden a un nivel superior de percepción gracias a una extraña droga que les hace ver fantasmas, monstruos y todo un mundo que no está más allá del nuestro, sino que es su bizarra expansión. Hay una preciosa cualidad en la cinta que es la de poseer una mirada ampliada sobre lo objetual; así, los perritos calientes se transforman en móviles, los pomos de las puertas en penes y las piezas de carne congeladas en monstruos estilo Resident Evil. Esta libertad en la mirada sobre lo real hasta deformarlo lo suficiente para que ésta parezca otra no es únicamente deudora de los efectos de la droga que toman los protagonistas sino que sobretodo es imputable a la edad de éstos: jóvenes de clase media-baja, crecidos bajo unas influencias de lo mediático y la imagen muy marcadas, cuyo presente no augura nada salvo aquella famosa frase según la cual, y esto también da miedo, viviremos peor que nuestros padres. Ante tal perspectiva, la huida hacia la propia mirada para construir algo diferente aunque sólo sea ante nuestros ojos es algo no solamente comprensible sino que merece ser impulsado y celebrado como una conquista mayor. Claro que hay mucho medio generalista que ha masacrado John Dies at the End: ¿cómo aceptar e integrar en el canon estas locuras, estas deformaciones, estos bigotes que vuelan? ¿Cómo claudicar ante la evidencia de que la generación anterior ha fracasado no tanto en su ocupación de la poltrona como en la del porvenir de los que les siguen? ¿Cómo no van a preferir dos chicos un viaje de la hostia para salvar el mundo de un viscoso bicho con un único ojo como pasaporte al éxito antes que mierdas de trabajos precarios y mal pagados? ¿Cómo se puede pretender que alguien a quien le auguran una vida tan inactiva quiera vivir en esa realidad? Y como John muere al final, John somos todos.

También somos todos el psicópata de Maniac (íd., Franck Khalfoun, 2012), historia contada en primera persona sobre las tropelías de un sádico y desequilibrado asesino de chicas. Un slasher con el yo como punto de vista. John Carpenter estaría orgulloso: el comienzo de La noche de Halloween (Halloween, John Carpenter, 1978) durante una hora y media. No se respeta la unidad temporal, de acuerdo, y algunas concesiones deslucen un poco el conjunto, pero la coherencia de Khalfoun a la hora de abordar la historia es tan imponente y definitiva que únicamente cabe rendirse a la evidencia que sí, será verdad aquello de que todos somos asesinos en potencia. Por un momento planteémonos esa posibilidad. ¿No va de eso también Holy Motors, de un hombre que adopta identidades inimaginables según la situación, no va de nosotros? Decía que nos imaginemos que somos psicópatas en potencia. Que no podemos evitar o disfrutamos clavando cuchillos, desgarrando tendones, cortando cabelleras y creando una nueva realidad a medida. Eso es lo que hace Frank, el protagonista del film: colecciona las cabelleras de las mujeres con las que acaba y se las coloca a maniquís que, en su cabeza, son sus compañeras para siempre. Y eso es lo que nos obliga a aceptar el punto de vista: que no es tan imposible ser un asesino, que podemos llegar a empatizar tanto con Frank que acabamos deseando que no termine nunca su creación de esta realidad paralela. Digamos que Maniac sería llevar al extremo los postulados del capitalismo urbano cuya pureza estructural y moral pone en duda constantemente Holy Motors, porque si nos atenemos a sus inabarcables imágenes de una inmensa y turbadora Los Ángeles y si entendemos que esos ojos son los nuestros, podemos acabar llegando a la conclusión que nuestra mirada es la única que vale, la única que tiene razón, tanta razón que los demás son sólo cuerpos y objetos y que, por lo tanto, podemos eliminarlos a base de cuchillo. Podemos no únicamente filmar el fin del mundo sino ser sus causantes.

maniac shining

Impossible is nothing…

1 Response to “Sitges 2012 (1): Lo imposible”


  1. 1 Tara 05/05/2013 a las 22:31

    Good day! This is kind of off topic but I need some help from an
    established blog. Is it difficult to set up your own blog?
    I’m not very techincal but I can figure things out pretty quick. I’m thinking about creating
    my own but I’m not sure where to start. Do you have any ideas or suggestions? Appreciate it


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s





A %d blogueros les gusta esto: