Sitges 2012 (3): Who’ll Stop The Rain

Sitges 2012 (VI): Who’ll Stop The Rain

No llegó el Apocalipsis a Sitges (¿diciembre es la fecha?), pero el de arriba decidió finiquitar el verano, el sol y el sudor el día 12 de octubre de 2012 con un aguacero en la costa catalana que no sólo provocó la aparición de los míticos y violentos torrentes de agua que se forman en Sitges camino del Auditori, sino que fastidió a las legiones de zombis que acudieron en masa al festival, así como a los manifestantes que se reunieron en la Plaza Cataluña de Barcelona para defender la unidad de España. Los zombis venían buscando un giro radical en la condición humana mientras que los manifestantes perseguían la permanencia de la estabilidad histórica. A unos y otros pareció el de arriba decir que aún no había llegado el momento de definir una era y que quizá era mejor encerrarse en las salas de Sitges porque, allí sí, íbamos a asistir al bombardeo de las verdades de nuestro tiempo, a ese cine que, en épocas turbias y peleonas como la que vivimos actualmente, es necesariamente valiente y nos limpia la mirada de medias tintas para ofrecernos una batería de propuestas insobornables que no servirán para evitar el cataclismo de nuestro planeta pero sí nos permitirán observarlo y decir: “SI ESTO ES EL PUTO APOCALIPSIS, QUIERO ESTAR EN PRIMERA FILA”.

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El fin del mundo, el fin de nuestro mundo durante 10 días, esa burbuja llamada Sitges que no nos sirvió para desentendernos de la realidad sino para abordarla bajo el prisma de lo internacional con una cierta distancia a 24 revoluciones por segundo, llegó sobre la medianoche entre el sábado 13 y el domingo 14 de octubre. Salíamos del Auditori tras haber vivido Spring Breakers (íd., Harmony Korine, 2012) y, aunque tenía entrada y quería quedarme a la maratón posterior, sentí que no era necesario, que no era justo que otras imágenes, otros colores, se solaparan con el río neónpop que Korine nos regala a toda una generación tan necesitada de formas de contar como la nuestra. Conservo dos recuerdos muy nítidos de los instantes posteriores a la que ya es una proyección inolvidable. Recuerdo, por un lado, decirle a un compañero de esta revista que tenía ganas de salir a la noche y correr y gritar y saltar de lo alegre que estaba y, por el otro, no dejaba de mencionar a todo aquel con el que hablaba un instante de la cinta, una imagen colocada sin venir a cuento en la primera parte del film que no se contextualizaba hasta quizá más de media hora: un dedo ensangrentado tocando una tecla de un piano. Estos dos recuerdos ejemplifican lo extremas que son las sensaciones que es capaz de provocar Spring Breakers (que, por cierto, debe verse por primera vez en un buen cine y en primera o segunda fila): por un lado, apabullado y aún confuso tras la avalancha de planos, mutaciones en la imagen, mezclas de colores, personajes radicales, inocencia y perversión y, por el otro, fascinado y obsesionado por detalles nimios y minúsculos como el dedo en el piano, los vampiros como pertenencia, las gorras en vez de camisetas, un puente de color rosa, un cuerpo posicionado en lo imposible… La cinta de Korine habla de unos jóvenes, los que rondan la quincena, que se lanzan cada año en los EEUU a fiestas descontroladas de alcohol, drogas y sexo, y cómo esa transgresión en el ámbito de lo privado (en el cuerpo y la moral) se traslada abruptamente a una transgresión de la ley pública en el momento en el que las protagonistas se abandonan a los brazos del lobo rapero interpretado por James Franco, quien las convierte en unas descerebradas y muy, muy, muy contemporáneas delincuentes. La pregunta que me asaltó muchas veces durante el visionado fue: ¿por qué, por qué diablos me estoy emocionando tanto con las correrías de unos personajes y unas situaciones con las que no sólo no me identifico sino que desapruebo férreamente?

Spring Breakers comparte, a nivel de montaje y estructura, muchas similitudes con El árbol de la vida (The Tree of Life, Terrence Malick, 2011), pero una conexión más profunda subyace en ambos films, y es el hecho que las dos comulgan ferozmente con su propia esencia, por lo que a nivel moral y dramático son cintas muy extremas, capaces de generar enfrentamientos entre adeptos y enemigos con suma facilidad. En resumen, son dos películas imprescindibles porque son capaces, a base de imagen y montaje, de hacernos dudar de nuestras convicciones hasta el punto de conseguir que se nos salten las lágrimas entre cómplices aplausos mientras un acérrimo fan de Bruce Springsteen vitorea la proclamación de Britney Spears como una de las mejores cantantes de la Historia. El cine que nos hace falta es el cine sin cinismo y con arriesgada convicción, sin sibilina ironía y con desternillante humor, sin psicología y repleto de sangre y lágrimas. Queremos películas como Spring Breakers porque irrumpen en el reino de lo grisáceo y la corrección a base tiros, polvos y el bombardeo de colores, el salvajismo que siempre admiramos en Miró, Kandinski o Pollock. Igual que aquellos pintores de los que recibimos antes la percepción icónica que la narrativa, Korine construye una obra cuya progresión viene antes marcada por el encadenamiento de planos argumentalmente inconexos iluminados por colores irreales que por el devenir de una historia. Sin embargo, mediante un montaje basado en la repetición y el bucle, la correspondencia emocional entre imágenes, los paralelismos cromáticos, el ritmo de los cuerpos o la cadencia musical, jamás tenemos la sensación que el conjunto se fragmente volviéndose irreconocible sino todo lo contrario, como si la estructura de planos escogida en base a la forma de la imagen y no a su contenido “literario” posibilitara una unión de la obra mucho más poderosa que la que podría ofrecer cualquier argumento, convirtiéndose entonces Spring Breakers en un fluido constante de tiempo inasible, un verdadero viaje al corazón emocional de la imagen en movimiento contemporánea, cine de la belleza de nuestro tiempo, tan caótico y vacuo como éste, y es en esa pertenencia a un presente del que uno no se puede desentender donde cabe rastrear las razones por las que Korine muestra tan insobornable estimación por las personas a las que filma. Amor envasado al vacío.

El cine estadounidense siempre se dividió entre el amor a lo filmado (a lo real) y el amor a lo ‘filmante’ (el propio medio). Si Spring Breakers es nuestro ejemplo ideal de lo primero, The Cabin in the Woods (íd., Drew Goddard, 2012) es una muestra plenamente hija de su época de lo segundo. Es gracioso que alguien llamado Goddard sea el responsable de una película tan cinéfila como la que nos ocupa, un relato de terror modalidad adolescentes en el bosque que parece predestinado a ser uno más. Sin embargo, a medida que avanza el metraje, vamos observando que sistemáticamente la película se desplaza a otro escenario desde el que unos tipos parecen observar y valorar la conducta de los protagonistas. The Cabin in the Woods es la respuesta a la eterna súplica que el espectador de cine de terror pronuncia ante cada vez más obras: “¡Nooooo, no entres ahí! ¡Joder! ¿Por qué entras?” La película, parapetada en un enorme grado de autoconsciencia, se interesa más por los códigos del género que por el terror en sí, por lo que debe pagar un alto precio para poder desmontar y hablar de los tópicos del horror: no dar miedo. En efecto, el ingenio y lo ensayístico, el embelesamiento con los iconos y el andamiaje antes que con cada imagen, provocan que The Cabin in the Woods se construya como discurso sobre lo cinematográfico antes que como obra fílmica, lo que la aleja de películas cuyas inquietudes teóricas se manifestaban en nuevos hitos del terror contemporáneo como Insidious (íd., James Wan, 2010) o la reciente The Lords of Salem (Rob Zombie, 2012).

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Se podría decir sin embargo que Outrage Beyond (Autoreiji: Biyondo, Takeshi Kitano, 2012) confía tanto en cada uno de sus planos, que este nuevo y árido relato sobre los entresijos de la yakuza actual con el beneplácito e incluso impulso de policías y políticos se conforma por cámaras de aire que, ordenadas una al lado de la otra, juntas pero jamás revueltas, basten un imponente fresco de dos horas sobre la realidad de un sistema de compartimentos estancos, nuestras democracias, en las que cada una de sus partes parece funcionar correctamente y sin fallos de ningún tipo pero que, puestas en relación, revelan que vivimos a merced de una imparable e invisible estructura de poder que devora a todo aquel que ose ponerla en peligro. A priori, nada destaca en Outrage Beyond, es aún más monótona y seca que su predecesora, las conversaciones entre rígidos primeros planos son aún más extensas, y la progresión narrativa es casi inexistente ya que, durante una hora aproximada de metraje, lo único que vemos es una batería de imágenes de ancianos (yakuzas, policías…) conspirando entre ellos para dañar la hegemonía de un rival que de cara a la galería es aliado. Maquinaciones verbalizadas, trabas jurisdiccionales, cuestionamiento de un honor cada vez más inexistente, planes que no funcionan… Igual que el río de estallidos de color de Spring Breakers nos traslada a un espectro de la realidad que se altera para que sea verdadero, Kitano mantiene en un sostenido inmutable el ritmo de su película durante su primera mitad para hacernos partícipes de la violenta inmovilidad de un falso sistema democrático que, como Saturno a sus hijos, se va devorando a sí mismo sin tambalearse lo más mínimo. Al final, sin embargo, hay una imagen que lo dinamita todo: un yakuza se arranca el dedo índice de un mordisco como señal de disculpa al haber ofendido al líder de uno de los clanes mafiosos; se arranca el dedo índice, ese con el que los poderosos siempre han apretado los botones que han acabado con millones de vidas. El dedo del poder desaparece, por lo que al final todo se equilibra de nuevo, el sostenido perpetuo regresa, pero esta vez lo que atraviesa el aire de cada imagen no es la palabra sino los disparos.

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Un festival que comenzó con las limusinas de Léos Carax reclamando acción y continuó con Cronenberg y Zombie reflexionando sobre el lenguaje (del cine y del verbo), no podía terminar de otra forma que con Harmony Korine y Takeshi Kitano camelándonos con verdaderos fogonazos de transgresión y valentía que devienen en la auténtica acción, la cinética del presente, ¿el nuevo presente?

Mientras termino este texto, mientras Sitges 2012 pasa a formar parte de mi memoria, mientras el sueño me vence en estos precisos instantes invitándome a disfrutar de lo visto en el certamen en mi cabeza y no en estas líneas, repaso lo que he escrito sobre Spring Breakers y me doy cuenta que más que analizar la película mis palabras son una guía para orientarme a mí mismo en el recuerdo del film, por lo que para dar verdadera cuenta de lo generosa que es la cinta de Korine, debería haber cogido el iPhone con el que el poster del festival registra el fin del mundo y haberme marcado un screener de los que hacen historia.

NO HABLAR DE LA REALIDAD. MOSTRAR LA REALIDAD.

FIN DEL MUNDO, FIN DE LA HISTORIA.

1 Response to “Sitges 2012 (3): Who’ll Stop The Rain”


  1. 1 Anastasia 23/05/2013 a las 16:31

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