#MyCannes2013 (3): Lo que nunca nos dijimos

Cuando te vi, Nicolas, me emocioné mucho, tú me hiciste enamorar, enamorar realmente, de un hombre por primera vez en una pantalla de cine. Ryan lo fue todo para mí aquella noche, hubiera querido tomarlo en el capó del coche, no me hubiera importado quién nos pudiera ver. Cómo pudiste filmar con tanta belleza, con tanto color contemporáneo, algo tan violento, tan atávico, como Drive (id.,Nicolas Winding Refn, 2011) Hubiera querido saludarte, decirte que tu película es muy importante para mí, expresarte mis ganas de ver tu nueva obra. Todo eso, como siempre, quedó en el tintero. Cosas de la gente tímida. Cosas que nunca nos dijimos. Cosas que quedaran en el aire, flotando, espíritus del hecho que nunca se produjo, fantasmas de la posibilidad del encuentro.

Antes de la última película de Alejandro Jodorowsky, sesión donde pude haber expresado mi admiración a Winding Refn si fuera más valiente, pudimos ver una cinta llamada Jodorowsky’s Dune(id.Frank Pavich, 2013), en la que se cuenta la historia del fracaso de la que tenía que ser la obra cumbre del director chileno, la adaptación de Dune de Frank Herbert, que finalmente dirigió David Lynch. Al margen de hilarantes anécdotas como las de cómo Jodorowsky consiguió convencer aDalí para interpretar al Emperador de la Galaxia o a Orson Welles para dar vida al Barón Harkkonen, así como la oportunidad de descubrir o profundizar en la verborreica personalidad del Jodorowsky, el film es interesante porque plantea la siguiente reflexión: ¿acaso no es preferible que obras que podrían ser cruciales para la Historia no se materialicen para que así puedan seguir en el imaginario colectivo, alumbrando a los que están por llegar, siendo una inagotable fuente de inspiración? La historia del cine, entonces, no debería escribirse sólo según las películas que se han hecho, sino también teniendo en cuenta aquellas obras jamás realizadas, expandiendo así la definición de cine: ya no sería sólo lo que se ve, sino también lo que jamás se ha visto, lo imaginado. ¿Acaso no son igualmente conmovedores los fotogramas de Jodorowsky’s Dune dibujados por Moebius, o los diseños de las naves y edificios soñados y esbozados por Chris Foss y Giger?

Lo que flota en el pasado nunca materializado, que al fin y al cabo es la esencia del recuerdo y el sueño, también integrado por el futuro, es la simiente de La Danza de la Realidad (id.Alejandro Jodorowsky, 2013), la última película del chileno, que nos cuenta la infancia del director y traza un impagable retrato de la figura de su padre, Jaime Jodorowsky, estalinista, autoritario y de mano fácil. Ah, y loco de amor por su hijo. Me es imposible no pensar en mi padre, y me es complicado hablar de una película protagonizada por un personaje que siento tan conocido, un film colorido y frenético realizado por un cineasta de 84 años como forma de reconciliarse con su padre. Para alguien de mente tan abierta como Jodorowsky, que hace que sea su propia hijo, Brontis, quien interprete al padre del director, no es extraño pensar en la emoción que impregna cada fotograma como si fuera el propio Jaime Jodorowsky quien estuviera ante la cámara. La Danza de la Realidad se asemeja mucho a La noche de enfrente (id.Raúl Ruiz, 2012), aunque sea una película mucho másgodardiana en su relación con la Historia y el color de ésta, con más perspectiva, más astrológica, repleta de conexiones secretas y mágicas entre seres de diferentes generaciones de una misma familia, llegando a momentos en el que el propio Jodorowsky aparece detrás del niño que lo interpreta en su infancia abrazándolo y recordándole que todo lo que ese niño ya es, él lo será, y que ese niño es todo lo que él llegará a ser. El tiempo no existe y sin embargo las imágenes exhudan una enorme expresividad para que Jaime Jodorowsky, allí donde esté, también pueda ver la película. Un chileno, cineasta chamán, que convoca su pasado en imágenes icónicas (un retrato gigante de Stalin, un teósofo, una playa llena de peces muertos, una tarántula en una mano, brazos pintados con la bandera de Chile, nazis matados a golpe de videojuego…) que se entremezclan con enorme plasticidad, y si las imágenes son reales, el pasado también es real, y por lo tanto, ni es pasado ni está muerto. Caronte y el psicomago se alejan en la barca con un gesto misterioso y ocultista, simplemente al otro lado de la orilla.

Jodorowsky como cineasta chamán y su particular concepción aquelárrica del pasado poco tienen que ver con el tratamiento del tiempo que Asghar Farhadi lleva a cabo en Le Passé (id., 2013), una cinta más propia de un abogado que de un prestidigitador, puesto que en ella se trata al pasado como un elemento siempre evocado desde el presente, jamás mostrado, del que es imposible sacar una conclusión unívoca. La película comienza con un hombre que regresa de Irán a Francia, donde su aún mujer le reclama para que firmen el divorcio, y así ella pueda casarse con su actual pareja. Farhadi, con sumo sigilo, comienza a añadir densidad a este en apariencia sencillo triángulo amoroso hasta que nos damos cuenta, ya avanzado el film, que la situación para los protagonistas es muy complicada de solucionar satisfactoriamente, y es que ninguno de ellos es capaz de librarse por entero de su pasado. Lo pretérito, entonces, no es lo ya acaecido sino lo que aún permanece pegado a la piel de los personajes, impidiéndoles avanzar, sumiéndolos en un limbo temporal del que no pueden escapar por culpa de sus fantasmas, algunos muy de carne y hueso. El pasado es el presente, puesto que éste último no es habitable al rondar los protagonistas como almas en pena alrededor de conflictos siempre aplazados, mentiras agrandadas por una cobardía perfectamente comprensible ya que la vida siempre fue más compleja de lo que el cine nos hizo creer. Así, en esa especie de reunión involuntaria en la que los protagonistas se encuentran para intentar pasar página, se dan cuenta que el pasado sólo pasa a serlo cuando reluce la verdad, o al menos cuando se acepta una versión de ella, yFarhadi es lo suficientemente moderno y honesto para dejar que cada personaje exponga su versión, su verdad, lo que acerca a Le Passé a una cinta clave de este comienzo de siglo como Zodiac (id.,David Fincher, 2007). En efecto, ambas son de un modo u otro películas de detectives en las que la realidad supera en tanto a las pesquisas que se hace imposible construir un relato unitario alrededor del cual poder respirar tranquilo, sucediéndose las revelaciones de un modo fragmentado y esquivo más que para uno o dos personajes que, en conversación íntima, se explican recuerdos, sospechas e hipótesis. Farhadi, consciente que todo lo hablado en su película es una suposición, una construcción individual de lo irrevocable, lo filma desde una posición cómplice y al mismo tiempo distante, más como un naturalista que como un científico, dejando a todos el beneficio de la duda, siendo el abogado defensor de unas imágenes cálidas pese a la lluvia omnipresente, humanas aún cuando básicamente muestran a personas con defectos, con muchísimos defectos. ¿No es para eso que existen los abogados, para explicar el pasado de los defectos, el pasado de todos? De Le Passé nos emociona su drama, claro está, pero lo que nos conmueve es su condición de drama elidido, sus dolorosas imágenes en las que vemos el eco de lágrimas, pasiones y mentiras desplazadas a un pasado que nunca terminó de serlo, hasta el punto que viajó en el tiempo, proyectando una sombra tan larga que alcanzó a aquellos que huían de él.

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