Sitges 2011 (1): Esos encuentros con los otros

Esto de los festivales de cine, por mucho que digan, es una experiencia solitaria. No únicamente porque, durante la proyección, uno está únicamente consigo mismo, sino porque el ir y venir festivalero, por definición, se hace a solas. Por muchos conocidos dentro del mundillo que uno tenga (que tampoco sería el caso), cada uno tiene sus intereses, sus filias y fobias, su planificación elaborada en base a la vida extracinematografica, sentimental y laboral, etc. Por eso digo que, a no ser que un vaya a un festival acompañado de esos a los que, corazón en mano, pueden denominarse amigos, la experiencia festivalera es solitaria. O quizá es cosa mía, patológicamente tímido como soy, y bastante asocial a mi pesar, que en un festival de cine, como en la vida, a veces el único refugio son las películas. Como mínimo, Sitges es un festival en el que se reflexiona sobre el cine pero sobre todo se disfruta el cine. Cuidado a la diferencia entre celebrar el cine, que eso es Cannes, donde se deifica al séptimo arte, y disfrutarlo, sin prejuicios y con ansia cinéfaga, que sería Sitges.

Y no obstante, en vez de una de zombies, vampiros o casquería varia, mi primera película en Sitges 2011 fue 4:44 Last Day on Earth (id.Abel Ferrara, 2011), una película sobre el fin del mundo protagonizada por el actor con la cara más torturada del cine actual, Willem Dafoe, y dirigida por el tipo que, precisamente en Sitges, intento venderle al barman del Hotel Melià su premio honorifico Màquina del Temps hace un par de años, algo que tuve el gozo de contemplar. El barman no acepto, así que Ferrara siguió haciendo películas, aunque debo confesar que servidor era apócrifo en su arte hasta el pasado viernes. Justo el día en que todo el mundo hablaba de la muerte de Steve Jobs,Ferrara homenajeaba su filosofía, que pretendía conectar a todo el mundo a través de sus ingenios, con una película que, sin moverse de un loft de Nueva York, consigue hacernos sentir el dolor y angustia globales ante un fin del mundo que parece provocado por nuestra irresponsabilidad hacia la naturaleza. La cámara no sale de un piso de la ciudad de los rascacielos donde Willem Dafoe y su mujer, pintora interpretada por Shannyn Leigh, viven el último día del mundo reivindicando aquello que nos hace humanos: hacen el amor, escuchan música, bailan, rememoran el pasado, discuten, se reúnen con los amigos, y esperan el final juntos. Sin embargo, a pesar de la belleza de todos esos momentos, que en su condición de últimos adquieren cualidades tan metafísicas como íntimas, la película asombra por aquello que decía de Steve Jobs. El film está plagado de planos de los iPhone, iMac, iPad, y el televisor del piso de los protagonistas, quienes sin moverse de su casa, consiguen conectar con el resto del mundo, de nuevo en clave metafísica e intima o, mejor dicho, conectan con las imágenes del mundo: gente en el Vaticano y la Meca rezando, partidos de fútbol americano repetidos, entrevistas con científicos grabadas años atrás donde advertían del peligro y, por otro lado, videoconferencias de Dafoe con su exmujer y su hija, despidiéndose de forma abrupta, como si ese fuese un día mas, pero dolorosamente final, y de su mujer actual con su madre, que resta importancia al asunto. Paralelamente al plano personal y global, los dispositivos que nos conectan con el resto del mundo también sirven en 4:44 Last Day on Earth como una forma de conectar con la espiritualidad perdida en nuestra contemporaneidad: en el iPad de la pareja constantemente aparece un místico budista pronunciando un  discurso en el que defiende que no tiene sentido aferrarse al cuerpo, pues este es solo una imagen proyectada por nuestra mente, algo que el hombre aplica al resto de objetos. Es irónico y coherente que él mismo, que únicamente es una imagen, un conjunto de bits proyectado en una pantalla, diga esas palabras. Todo es imagen, parece decir Ferrara o, aún más concretamente, todo se ha vuelto imagen, proyección. Así que, de hecho, que el cuerpo de esa imagen se desvanezca no es lo trágico, sino que lo trágico es que la imagen del otro, las imágenes que proyectamos, desaparezcan. Ahí está la desoladora escena del chico que trae comida china a casa de los protagonistas (¡el día del fin del mundo!) y que, cuando Dafoe le pregunta si puede hacer algo por él, el chico responde: “Skype”. Quiere hablar con su familia, que está en China y, de nuevo, el MacBook del protagonista sirve de puente entre imágenes. La conversación del chico, en chino, no está subtitulada, y de hecho no importa, pues se palpa todo el dolor y la ausencia de una corporeidad ajena a la que aferrarse en esa escena y, quizá por eso, el protagonista da al chico un precioso abrazo paternal, para reconectarlo con un mundo que muere, con los otros que han sido sus congéneres.

Por el contrario, si Ferrara vuelve imagen al cuerpo para reflexionar sobre las trazas que éste deja en aquélla y sin aún es posible asirse a lo tangible cuando todo está perdido, Sion Sono y su Guilty of Romance (Koi No TsumiSion Sono, 2011) corporeizan sus imágenes y palabras hasta tal extremo que lo vuelven todo cuerpo, todo materia, todo objeto, y de ahí solo cabe esperar la anulación del alma y la aniquilación de lo humano. Las imágenes y palabras de Sono, como en Cold Fish (Tsumetai nettaigyoSion Sono, 2010), funcionan por aplastamiento y sometimiento: la siguiente imagen nunca completa o complemente a la anterior sino que la destruye, la retuerce y la ensucia, vampirizándola y corrompiéndola, dejando como resultado un poso de perversión y repugnancia, como si con cada plano el director japonés pretendiera hacernos ver que nunca es suficiente, que el ser humano siempre puede ir un paso más allá en su autodestrucción (en este caso más corporal que nunca), con vejaciones, violaciones, sexo descontrolado y mutilaciones, ambientada en entornos terriblemente físicos, filmados con el estilo hiperrealista típico del director, iluminados por luces de colores estridentes y llamativos, que hacen del mundo un lugar tan orgánico como fabulado. Si Cold Fish era un relato sobre un hombre cualquiera con un matrimonio convencional y aburrido, que regenta una tienda de peces y que una noche conoce a otro hombre, mayor, con el mismo oficio, que resulta ser un asesino en serie y quien a cada segundo de película, imperceptible y brutalmente, va vampirizando al protagonista hasta convertirlo en su sucesor, Guilty of Romance es una retorcida fábula sobre una recatada esposa que, como Alicia, se irá adentrando en la madriguera más y más, primero siendo follada por el equivalente al conejo del cuento, y después conociendo a su reina de corazones, una prostituta de noche y profesora de literatura de día, que le hablará de un castillo al que debe acceder si quiere encontrarse a sí misma: tomar el control de su cuerpo y, consciente de su belleza, de su poder, ofrecerlo a todo aquel que lo quiera, siempre a cambio de dinero. Izumi, lentamente, pese al rechazo inicial, irá asemejándose a esa mujer hasta, sin darse cuenta, convertirse en ella. Hablar de una película de Sion Sono no es sencillo debido a la complejidad, temática y formal, de sus propuestas, pero con Guilty of Romance se confirma como un director único a la hora de sacar a la luz las miserias más horrorosas que esconde una cultura tan pura como la japonesa y, sobre todo, de poner en escena su desconfianza hacia el contacto con el otro, en este caso en el sentido literal siendo esta una película sobre los extremos a los que se puede llevar la relación entre el cuerpo y la moral, el sexo en definitiva, la forma más pura y también más sumisa de relacionarse con los demás. Porque Sono también es el gran cineasta de la sumisión, ya que sus obras están plagadas de personajes que, al relacionarse, se aniquilan sin remedio, pero sin poder llegar a erradicar el mal que en ellos vive. Todo lo contrario, lo reproducen constantemente.

Así, entre dos obras que hablan de forma opuesta sobre la forma de conocer y relacionarnos con los otros, me encuentro yo estos primeros días de Sitges. En un banco del Paseo Marítimo, desde el que escribo estas líneas, viendo pasar a la gente, esperando ese (re)encuentro con los otros que ha de llegar, aunque los resultados del contacto aún sean inciertos.

También publicado en Cineuá.

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